Como el célebre personaje de Oscar Wilde, el gobernador de Buenos Aires mantiene intacta su lozanía retórica, mientras el lienzo oculto del peronismo se agrieta y se descompone en algún sótano olvidado. El problema no es el paso del tiempo, sino la obstinada negativa a mirar lo que el tiempo ha dejado atrás: errores acumulados, promesas incumplidas, corrupción sistémica y ese espejo de la realidad que, tarde o temprano, todos debemos enfrentar.
Oscar Wilde escribió que “la única diferencia entre un capricho y una pasión perpetua es que el capricho perdura un poco más”. Axel Kicillof, uno de los pocos políticos argentinos que aún habla como si arengara en una asamblea universitaria de 2006, parece empeñado en convertir su capricho juvenil —el Estado omnipresente, la patria en disputa, los derechos eternos— en una pasión de vida. Es, en cierto modo, nuestro Dorian Gray contemporáneo: perennemente joven, inalterable en su discurso, reacio a admitir que el retrato oculto de su gestión —y de su partido— envejece, se corrompe y se cubre de manchas que nadie osa contemplar.
El gobernador bonaerense regresó al ruedo con un discurso que bien podría haberse pronunciado en 2013, cuando era ministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner y aún podía citar a Marx sin que sonara a reliquia. En su relato no hay inflación desbocada, ni pobreza estructural, ni decadencia educativa, ni pérdida del poder adquisitivo durante los años en que su espacio político gobernó. Todo yace cuidadosamente oculto tras una puerta cerrada, donde el retrato del peronismo —más deslucido que nunca— cuelga torcido, sin marco, cubierto de polvo.
Lo que exhibe, en cambio, es al mismo Axel de siempre: joven, iracundo, académico que nunca leyó un libro, enfático. Cita teóricos, interpela al poder, convoca a la resistencia. Habla de Milei como si no fuera fruto de una crisis, sino un espectro surgido de la nada. Lo acusa de declarar la guerra a los trabajadores, de dinamitar el Estado, de quebrar el contrato social. Pero lo dice como si él no hubiera contribuido al deterioro que provocó que el peronismo —y todas sus variaciones— perdiera las elecciones. Como si el cuadro no estuviera colgado en su propia sala.
En El retrato de Dorian Gray, el protagonista firma un pacto fáustico: conservar su belleza inalterable mientras su alma se pudre en el lienzo. Kicillof, en cambio, parece haber pactado con la nostalgia. Su juventud ideológica permanece intacta gracias al olvido selectivo de su entorno, de su pasado en el poder y de los resultados que ese poder dejó. Cada vez que un índice económico se desploma, que una política pública fracasa o que una institución se vacía, Axel corre otro cortinado sobre el retrato y sigue arengando sobre justicia social con la misma voz del “pibe de ideas” que fue.
El acto en el camping de UPCN fue, como siempre, una puesta en escena meticulosa: ausencias calculadas, presencias previsibles, banderas al viento, bombos huecos, una épica de cartón piedra. Lo llamativo no fue el discurso —archiconocido—, sino la convicción con la que repitió consignas gastadas: “No hay futuro sin derechos”, “La patria no se vende”, “Con el peronismo no se jode”. ¿Pero cuál peronismo? ¿El que perdió las elecciones de 2023 de manera humillante? ¿El que legó una inflación del 211 %? ¿El que terminó suplicando ayuda al FMI con la misma desesperación con la que antes lo denostaba? Ese es, precisamente, el retrato que no se muestra. El que Kicillof, cual Dorian, esconde en el ático.
Mientras tanto, él persiste inmutado. Habla como si todo estuviera por construirse, como si nunca hubiera gobernado. Como si no fuera corresponsable de una provincia con índices de pobreza que rivalizan con los peores del continente. Como si el clientelismo, la degradación institucional y la inseguridad no fueran también parte de su herencia. Se presenta como renovador cuando lleva años siendo el rostro más joven de una maquinaria añeja. Juventud como estética, no como revolución.
Wilde no condena a Dorian por su belleza, sino por su cobardía. Lo que lo convierte en monstruo no es su ansia de eterna juventud, sino su negativa a confrontar su alma. Cuando alguien le muestra el retrato, Dorian enloquece. No soporta el peso de la verdad. Y ahí, su destino se sella.
¿Aguardará Kicillof un destino similar? ¿Habrá un momento en que deba mirar de frente el lienzo de sus políticas, de su partido, de su historia reciente? ¿Sostendrá la mirada cuando quienes hoy lo ovacionan exijan respuestas concretas y no gestos vacíos? ¿O seguirá refugiado en esa juventud discursiva donde todo es promesa, derecho y lucha, pero nada es consecuencia?
Kicillof, como Dorian, se rodea de aduladores. Algunos sinceros, otros por cálculo. Todos seducidos por su “diferencia”. En un panorama político de gestos toscos, él se erige como culto, elocuente, sensible. Pero la belleza —decía Wilde— es una forma de genio. Y, como todo genio, puede volverse cruel si olvida la realidad.
Mientras tanto, Argentina avanza a tropezones hacia nuevos desequilibrios. Milei, con sus motosierras y memes, acapara el centro de la escena. La oposición se fragmenta, el peronismo se rearma a tientas. Y Axel permanece, inmutable, como si el tiempo no lo rozara. Como si aún tuviera todo por delante. Como si el país fuera un aula más, lista para su próxima lección.
Pero el aula está vacía. El retrato se cubre de grietas. Y la juventud eterna, como toda ficción, se desvanece cuando alguien enciende la luz.
Por Iván Nolazco
