Cristina desgasta a Kicillof y Milei convierte la violencia en un método de poder

La expresidenta procura conservar el control del peronismo aun a costa de debilitar a su candidato más competitivo, mientras el Presidente vuelve a demostrar que su agresividad no depende de los resultados: forma parte de su manera de gobernar

La política argentina ofrece por estos días dos espectáculos diferentes, pero unidos por una misma lógica: la imposibilidad de aceptar límites.

Cristina Kirchner no acepta que Axel Kicillof intente construir un liderazgo independiente. Javier Milei no acepta que alguien pueda disentir con él sin convertirse inmediatamente en enemigo, delincuente o traidor.

Una pretende conservar la conducción del peronismo desde su encierro domiciliario. El otro ejerce la Presidencia como si todavía estuviera protagonizando una pelea televisiva. Ambos colocan sus necesidades personales por encima de los intereses de las fuerzas políticas que representan y, en algunos momentos, de los propios intereses del país.

Cristina no suelta el control

La relación entre Cristina Kirchner y Kicillof atravesó todas las estaciones posibles. El gobernador fue durante años uno de sus discípulos preferidos, el joven economista al que confió responsabilidades centrales y al que impulsó políticamente hasta llevarlo al gobierno bonaerense.

Pero el discípulo comenzó a caminar solo.

Kicillof comprendió que para disputar la Presidencia no puede presentarse únicamente como el delegado de Cristina. Necesita construir autoridad propia, ampliar su base política y evitar que cada una de sus decisiones dependa de la aprobación de la expresidenta o de La Cámpora.

Esa autonomía tiene un precio.

Cristina no parece dispuesta a facilitar la renovación del peronismo si esa renovación implica perder su lugar de conducción. Puede aceptar un sucesor siempre que no deje de ser subordinado. El problema es que Kicillof pretende sucederla políticamente, no administrarle una candidatura.

La tensión ya no es solamente personal. Tiene consecuencias institucionales concretas. El gobernador cuenta con un grupo importante de intendentes, pero enfrenta una Legislatura bonaerense fragmentada y una estructura partidaria en la que el cristinismo conserva resortes decisivos. La Cámpora mantiene presencia territorial, legislativa y electoral suficiente para condicionar la gestión provincial.

De ese modo, el principal obstáculo para Kicillof no proviene necesariamente de la oposición. Está dentro de su propio espacio.

La disputa por La Matanza, el hostigamiento contra la vicegobernadora Verónica Magario y la parálisis de iniciativas en la Legislatura forman parte de una guerra que puede dejar herido a todo el peronismo. Mientras cada sector intenta demostrar quién manda, la provincia más poblada del país queda atrapada en una interna que poco tiene que ver con los problemas de sus habitantes.

La presentación de Cristina ante un organismo de las Naciones Unidas también debe observarse dentro de ese escenario. Más allá de sus posibilidades jurídicas, la jugada busca reinstalarla como protagonista, reforzar el relato de la persecución y mantener movilizado al sector que todavía la reconoce como única conductora.

Cristina necesita que su situación judicial continúe ocupando el centro de la política. Kicillof, en cambio, necesita que el peronismo empiece a discutir el futuro.

Esas dos necesidades son cada vez más incompatibles.

La expresidenta corre el riesgo de repetir una conducta conocida: impedir que surja un liderazgo que no pueda controlar, aun cuando ese liderazgo sea el único con posibilidades reales de devolver al peronismo al poder. Si Kicillof avanza, Cristina pierde centralidad. Si fracasa, ella puede conservar durante algún tiempo el dominio sobre una organización más pequeña, pero fiel.

Es la diferencia entre conducir un movimiento y conservar una parcela.

Milei y la violencia permanente

En el oficialismo, el problema tiene otra forma. Milei no enfrenta todavía una rebelión interna equivalente, pero insiste en transformar cada aparición pública en una confrontación.

Su agresividad ya no puede explicarse solamente como reacción ante una crisis, una derrota electoral o una ofensiva opositora. El Presidente insulta cuando las cosas salen mal y también cuando salen bien. Ataca durante las campañas, en actos partidarios, en visitas internacionales y hasta después de recibir aplausos.

La violencia no es un accidente de su comunicación. Es uno de sus instrumentos políticos.

Su participación en un encuentro partidario en Brasil volvió a demostrarlo. Milei eligió confrontar con Lula dentro del propio territorio brasileño y descalificó a integrantes de las instituciones de ese país. El canciller Pablo Quirno, cuya función debería ser preservar relaciones estratégicas, acompañó el tono presidencial en lugar de moderarlo.

La relación con Brasil es demasiado importante para convertirla en una extensión de las disputas ideológicas personales. Se trata del principal socio comercial de la Argentina, de un vecino inevitable y de una relación de Estado reconstruida laboriosamente durante más de cuatro décadas.

Los gobiernos pueden tener posiciones ideológicas opuestas. Lo que no pueden hacer, sin pagar consecuencias, es confundir la diplomacia con una tribuna partidaria.

Milei tenía razones institucionales y económicas para viajar a San Pablo. El vínculo con el gobernador Tarcísio de Freitas y las posibles inversiones brasileñas justificaban una agenda seria. Sin embargo, el Presidente volvió a dejar que la provocación desplazara al interés nacional.

Algo semejante ocurrió en la Exposición Rural. Milei pronunció un discurso cuidadoso, pidió paciencia y renovó su compromiso de reducir las retenciones. El campo, aunque mantiene reclamos, reconoce la orientación económica general del Gobierno.

Pocos minutos después, aquella imagen presidencial quedó eclipsada por un nuevo estallido. Al encontrarse con Ignacio de Mendiguren, Milei lo insultó de manera despiadada en presencia de periodistas y dirigentes.

No fue una discusión económica. Tampoco una confrontación política razonada. Fue una agresión personal desde la posición de poder más importante del país.

Lo inquietante no es solamente que el Presidente actúe de ese modo. También preocupa la naturalidad con la que quienes lo rodean contemplan esas escenas. Los silencios, las sonrisas incómodas y las justificaciones posteriores construyen un ambiente en el que cualquier desmesura termina pareciendo normal.

No lo es.

Un presidente puede ser apasionado, firme e incluso áspero. Pero debe comprender que sus palabras tienen un peso institucional diferente. Cuando insulta no habla solamente Javier Milei: habla el jefe del Estado argentino.

Dos liderazgos que necesitan enemigos

Cristina y Milei pertenecen a tradiciones políticas distintas, pero comparten una característica: ambos necesitan organizar la realidad alrededor de una confrontación permanente.

Para Cristina, quien no se somete puede convertirse en traidor. Para Milei, quien discrepa puede ser señalado como integrante de la casta, corrupto o enemigo de la Argentina.

En ambos casos, la lealtad personal reemplaza a la discusión política.

Kicillof enfrenta ahora esa lógica dentro del peronismo. Su desafío consiste en demostrar que puede construir una alternativa sin pedir permiso, pero también sin limitarse a reproducir el modelo político de quien fue su mentora.

Los funcionarios del Gobierno enfrentan otro desafío: decidir si están allí para colaborar con el Presidente o para celebrar cada uno de sus excesos. Un canciller no debería competir con Milei por demostrar quién insulta con mayor entusiasmo. Su responsabilidad es proteger los intereses permanentes del país, incluso frente a los impulsos del propio mandatario.

La Argentina necesita dirigentes capaces de establecer diferencias sin transformar cada desacuerdo en una guerra personal. Necesita partidos que permitan la renovación y funcionarios que comprendan que la institucionalidad no es una señal de debilidad.

Cristina le embarra la cancha a Kicillof porque teme que el peronismo pueda continuar sin ella. Milei agrede aun cuando no existe una razón política para hacerlo porque la violencia se convirtió en parte de su identidad pública.

Una no sabe retirarse del centro de la escena. El otro no sabe gobernar sin combatir.

Mientras tanto, los problemas argentinos continúan esperando que alguien abandone la pelea personal y comience a ocuparse de ellos.