La Justicia penal de La Plata dictó la prisión preventiva para la pareja de empleados del Senado bonaerense acusados de abuso sexual con acceso carnal contra al menos cuatro víctimas. Se trata de Nicolás Daniel Rodríguez y Daniela Silva Muñoz, agentes de planta permanente de la Legislatura, detenidos desde el 29 de diciembre.
El expediente cuenta actualmente con cuatro damnificadas reconocidas formalmente -dos en una causa iniciada en 2019 y otras dos incorporadas en 2025-, aunque los investigadores presumen que el número real de mujeres atacadas podría ser mayor. En ese sentido, la Justicia encuadró los hechos como abuso sexual con acceso carnal agravado por el daño en la salud mental de las víctimas, privación ilegal de la libertad y violación de domicilio.
Los testimonios coinciden en la existencia de ritos de castigo físicos, como laceraciones y caminatas sobre fuego, que buscaban anular la voluntad de las jóvenes. La investigación avanza ahora sobre la posible responsabilidad de otros niveles del Senado bonaerense.
El escándalo en la Legislatura
Los primeros episodios denunciados se remontan a 2015, cuando una joven de 18 años fue contactada por Rodríguez en ámbitos académicos y políticos, bajo la promesa de una pasantía en la Legislatura. Ese encuentro, que tuvo lugar en un domicilio particular, habría derivado en un abuso sexual. Un año más tarde, en 2016, otra joven de la misma edad denunció haber sido citada por Rodríguez a un departamento en La Plata, donde fue abusada bajo amenazas con armas blancas.
Pero es a partir de ese período cuando, según la investigación, comienzan a aparecer los primeros indicios de una estructura de dominación que excedía el vínculo individual. Entre 2016 y 2017, los abusos se habrían vuelto reiterados y sistemáticos, con la participación necesaria de Silva Muñoz, señalada como pieza clave en la captación y sometimiento psicológico de las víctimas.
La lógica de la “Orden de la Luz”
Durante 2017, el expediente incorpora la conformación de una presunta organización denominada “Orden de la Luz”, que funcionaba con una lógica cerrada, jerárquica y coercitiva. De acuerdo con los testimonios, Rodríguez era presentado como una figura con rasgos divinos o sobrenaturales, bajo el nombre de “KIEI”, mientras que Silva Muñoz cumplía el rol de guía espiritual o “sensei”.
En ese marco, las víctimas relataron haber sido sometidas a rituales, entrenamientos, controles permanentes y amenazas, además de recibir mensajes intimidatorios a través de correos electrónicos y otras vías digitales. Las comunicaciones internas del grupo utilizaban un lenguaje codificado, con claves y referencias que, según fuentes judiciales, evidencian una organización planificada y no hechos aislados.
