Hockey, fútbol e inglés. Martes de guitarra y jueves de cerámica. Los sábados es día de partido. Falta poco para volver a la rutina y las familias empiezan a diagramar la agenda 2026 de los más pequeños: a la doble escolaridad se le suman actividades extracurriculares como deportes o arte, pero también sociales como cumpleaños. Si a eso se le agrega una alimentación deficiente, pocas horas de sueño y mucha pantalla, el resultado puede ser un severo cuadro de estrés infantil, algo que padece más del 20% de los niños en edad escolar según diversos estudios internacionales.
Las consecuencias de estas agendas hipercargadas se reflejan en el comportamiento: desde irritabilidad y alto grado de agresividad hasta falta de atención o dificultades de aprendizaje, los niños estresados muchas veces desarrollan un burnout que tiene consecuencias inmediatas y futuras y que suele confundirse con algún tipo de trastorno del espectro autista. “Este malestar suele traducirse en diagnósticos rápidos basados casi exclusivamente en la observación conductual. El estrés deja de ser leído como contexto y pasa a interpretarse como déficit estructural. Confundir estrés infantil con un trastorno del neurodesarrollo tiene consecuencias profundas. Se patologizan respuestas adaptativas al entorno, se rigidiza la mirada sobre el niño y se activan abordajes terapéuticos que, en lugar de aliviar, pueden aumentar la sobrecarga”, advierte Florencia Sanabria, médica pediatra y psiquiatra especialista en Neurodesarrollo para Niños y Adolescentes.
-¿Cuáles son las consecuencias del estrés infantil?
-El problema que observo es que cuadros de estrés se están transformado en trastornos del neurodesarrollo. La presión que están sufriendo los chicos está haciendo que haya retrasos en el lenguaje u otras pautas de desarrollo cognitivo, emocional o conductual.. Ya desde jardín de infantes los chicos van a fútbol, hockey, inglés, baile… Se los llena de cosas, no hay tiempo para el juego libre ni para el descanso. El sistema nervioso del niño no está preparado para funcionar bajo niveles crónicos de activación. Cuando el estrés se vuelve persistente, el cuerpo y la conducta comienzan a expresarlo mediante inatención, impulsividad, labilidad emocional, retraimiento o regresiones evolutivas.
-Este tipo de conductas se las suele confundir con TDAH u otros trastornos del espectro autista, ¿cómo se diferencian?
-Ante estas dificultades los padres empiezan a consultar, se les hacen tests y muchos se llevan un diagnóstico apresurado de autismo o TDAH y comienzan a llenarlos de terapias y medicamentos que lo único que hacen es dejarlos más agotados y profundizar el problema. Se diagnostica solo a partir del comportamiento y se deja afuera un montón de otras cuestiones clínicas como alergias alimentarias y genéticas. Un trastorno del neurodesarrollo es una condición persistente, con bases neurobiológicas específicas. El estrés, en cambio, es una respuesta dinámica y adaptativa al entorno, potencialmente reversible si se interviene sobre sus causas.
-Muchos de los test utilizados ahora fueron desarrollados hace tiempo. ¿Siguen siendo útiles para diagnosticar estos trastornos?
-Hay tests incluso de los años 70 que se actualizaron mínimamente. Algunos utilizan juegos que ya no existen y los chicos no los entienden o no los saben manipular y automáticamente le ponen la etiqueta de autismo. El diagnóstico te lo dan en 15 minutos. Lo que sucede hoy es que hay trastornos de base que van haciendo una cadena con una alimentación deficiente, sobreestimulación y poco descanso que después no se puede parar.
-¿Desde qué edad es recomendable sumar actividades después de la escuela?
-Hasta los 6 años, un niño no debería hacer nada más que ir al colegio. Recién a esa edad tienen la capacidad de hacer actividades de ese tipo. Y deben ser graduales. Muchos de estos niños precoces, que se destacan desde pequeños en alguna disciplina, tienen déficit de atención justamente por el agotamiento físico que padecen. Tienen fatiga cortical, hacen un burnout desde muy chiquitos. Son chicos que se agotaron antes de tiempo y eso no se recupera. Esto impacta mucho en la capacidad de regulación socio emocional. Cuando esos niños llegan a ser adultos jóvenes aparecen trastornos de personalidad, de ansiedad…Muchos comienzan con medicación psiquiátrica de manera muy temprana.
-¿Por qué ahora a los niños les cuesta tanto autorregularse emocionalmente?
-Las pantallas, a las que tienen acceso 24/7 influyen en el comportamiento y en la baja regulación emocional. El sistema de recompensa inmediata altera el cerebro y el estímulo visual y auditivo repercute en el sueño. Además, el uso de pantallas provoca una rectificación de la columna cervical, que puede generar una obstrucción respiratoria y ronquidos. No es normal que un niño ronque; si ronca, hay que consultar porque puede hacer apneas de sueño que atrofian el cerebro por falta de oxigenación. Hay niños que duermen apenas 3 o 4 horas y se van al colegio. Observamos también un colecho prolongado que altera su sueño porque adoptan el horario de los padres, que es justamente un horario de adultos. Al poco descanso se le suma la alimentación deficiente y es un combo explosivo.
-En Europa, algunos gobiernos empezaron a limitar el uso de pantallas y retrasar las redes sociales, ¿es una medida que habría que imitar?
-Sí, pero ahí también las familias están reduciendo actividades. Y en países como Corea retrasan el ingreso al colegio a niños con trastornos del neurodesarrollo. En lugar de llenarlos de terapias, esperan a que madure un poco más su corteza cerebral. Pero acá eso no sucede, la tendencia es a meterlos en distintos tratamientos. Una de las cosas que más ayuda es suspender la sobrecarga cognitiva. Cuanto menor carga tienen, más avanzan. Hay chicos que con 3 o 4 horas de sueño tienen que encarar la doble escolaridad, las terapias, las actividades extracurriculares y eso provoca la fatiga cortical. Si el chico no descansa bien, hay que suspender actividades. La falta de sueño provoca irritabilidad, se ponen agresivos, muerden.
-Además de bajar la carga, ¿qué otra cosa podemos hacer?
-Ir siempre a control pediátrico. Cuando uno nota algo en las pautas de desarrollo hay que llevarlo una vez al mes para controlar curvas de crecimiento. Y hacer un laboratorio anual para controlar que no tenga déficit de las vitaminas principales. Otra cosa fundamental es hacer una valoración visual y auditiva antes de ser evaluado en los tests para detectar autismo o TDAH. La cantidad de hipoacúsicos o chicos con defectos en la visión es grande, y eso causa irritabilidad, bajos niveles de atención o falta de lenguaje. En la consulta me he encontrado con chicos que no sabían encastrar un juguete porque no veían bien. A otros se los manda a la fonoaudióloga porque no hablan sin antes evaluar la visión y la audición. Son cosas básicas que ayudan.
Consejos de la Sociedad Argentina de Pediatría
Los especialistas aseguran que la forma de abordar estos cuadros es ordenar rutinas, garantizar el sueño reparador y reducir la sobrecarga de actividades
Bajo rendimiento, irritabilidad, regresiones, escasa sociabilidad. Los síntomas del estrés infantil son muchos y hablan antes que las palabras. “Suelen manifestarse en el cuerpo y en el comportamiento. En general el niño no lo verbaliza, sino que lo muestra a través de la conducta”, señala la pediatra Ángela Nakab, secretaria de Medios de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).
Según la especialista en niños y adolescentes, “hoy hay agendas muy recargadas, existe la presión por el rendimiento y hay un escaso tiempo de juego libre, no estructurado, que es fundamental para la creatividad e imaginación. A todo eso hay que sumar la mayor exposición a las pantallas. Si bien vivimos acelerados, los niños necesitan rutinas, previsibilidad, descanso y presencia de los adultos”.
Cuando un chico está atravesando un cuadro de este tipo aparecen alteraciones repentinas como problemas del sueño, inapetencia, dolores abdominales o de cabeza sin que haya una causa orgánica clara, o comportamientos reactivos y de tipo desafiantes. Otras veces hay un bajo rendimiento escolar, desinterés por ciertas actividades o aislamiento social. “Se manifiesta en tres planos: el físico (sueño, alimentación), el conductual (irritabilidad, hiperactividad, conductas desafiantes) y emocional (situaciones de ansiedad). Lo importante no es observar el síntoma aislado sino comprobar si se mantiene en forma sostenida”, describe Nakab, que agrega que las causas que desatan estos cuadros son múltiples y variadas.
“Pueden ser desde tensiones familiares hasta una marcada exigencia escolar, una sobrecarga en actividades, el exceso de pantallas o incertidumbre frente a situaciones como la economía, una mudanza o un cambio de colegio -sostiene-. El estrés es una respuesta humana que existió siempre. Si es algo breve y puntual, la persona se adapta a la situación y vuelve al estado habitual, pero cuando es crónico impacta en la regulación emocional y física. En esos casos el niño necesita ayuda para procesar lo que siente”.
Aunque algunos signos pueden confundirse con ciertas características del espectro autista –entre ellos el retraimiento o ciertas conductas repetitivas–, Nakab brinda claves para distinguir entre ambos. “Algunos se superponen, pero en los trastornos del espectro autista las dificultades en la comunicación social y en los patrones de conducta son persistentes y además están presentes desde etapas muy tempranas de la vida. Por eso es muy importante una evaluación clínica, emocional y psicológica. Y por supuesto evitar apresurar los diagnósticos y poner etiquetas”.
Para Nakab la forma de abordar estos cuadros es el acompañamiento: hay que comenzar por ordenar rutinas y garantizar el sueño reparador, reducir la sobrecarga de actividades, limitar las pantallas –y evitarlas en menores de 2 años– y si el niño está mirando una tablet o el celular, estar cerca para ver qué está observando. Si es adolescente, tener en cuenta lo que ocurre en sus redes sociales, que son un gran factor de estrés.
“Siempre en estos casos lo más efectivo es la co-regulación: el cerebro del niño y del adolescente no está preparado para autorregularse. Por eso es importante la presencia de un adulto que actúe como regulador. Es el que calma, el que organiza la experiencia y el que pone en palabras lo que ellos no pueden”, sostiene.
Finalmente, la especialista asegura que hay ciertas situaciones en las que se puede sacar una experiencia positiva. “Un estrés breve y acompañado puede fortalecer, puede implicar la búsqueda de alternativas originales y creativas. Incluso, hasta puede hacerle sentir al niño cierta satisfacción de que pudo superar esa dificultad –sostiene–. Pero si el malestar se hace persistente, crónico o interfiere en la vida cotidiana, es muy necesaria la consulta con un profesional. No es que tenemos que eliminar la exigencia, sino garantizar vínculos seguros y tiempos de descanso reparador para que el sistema nervioso vuelva a su equilibrio. El estrés infantil no se combate: se comprende, se trata y se acompaña”
Por Laura Reina
Fuente: La Nación
