Por años, la política argentina se estructuró alrededor de grandes diferencias ideológicas. Hoy, en cambio, parece organizada alrededor de grandes rechazos. Más que adhesiones, lo que moviliza a buena parte del electorado son los temores. Y en ese escenario, el país corre el riesgo de quedar atrapado en una lógica de vetos cruzados que empobrece la democracia y limita las alternativas.
La figura de Cristina Fernández de Kirchner sigue ocupando un lugar central en la política nacional, incluso después de haber dejado la Presidencia hace más de una década. Su liderazgo conserva una capacidad notable para movilizar militantes, ordenar sectores del peronismo y condicionar estrategias electorales. Pero esa misma centralidad se ha convertido también en una pesada carga para quienes intentan construir una renovación dentro del movimiento justicialista.
Cada vez que emerge un dirigente peronista con aspiraciones nacionales, aparece una exigencia previa: definir su posición respecto de Cristina. No sobre inflación, educación, seguridad o desarrollo productivo. Primero debe pronunciarse sobre la expresidenta, su situación judicial y su eventual futuro político. Esa obligación termina reduciendo el margen para construir un proyecto nuevo y autónomo.
El fenómeno tiene su espejo en el universo no peronista. Desde la llegada de Javier Milei al poder, gran parte del debate público quedó organizado alrededor de otra dicotomía: apoyar al Presidente o facilitar el regreso del kirchnerismo. Quienes comparten algunos objetivos económicos del Gobierno pero cuestionan sus métodos, sus formas o determinados aspectos de su gestión son frecuentemente ubicados en el campo adversario.
Así, la política argentina parece funcionar bajo una lógica binaria que desalienta los matices. Toda crítica es interpretada como traición. Toda diferencia es sospechada de favorecer al enemigo.
Este esquema beneficia tanto al oficialismo como al núcleo duro del kirchnerismo. Ambos encuentran en la confrontación permanente una fuente de identidad política. Cada uno necesita la existencia del otro para reafirmar su propio relato.
Para el Gobierno, Cristina continúa siendo el símbolo más eficaz para consolidar el voto antikirchnerista. Para el kirchnerismo, Milei representa el antagonista ideal para mantener cohesionada a una parte de su base electoral.
El problema es que esa dinámica deja poco espacio para la construcción de alternativas superadoras. La discusión pública gira constantemente sobre los mismos nombres, los mismos conflictos y las mismas heridas de las últimas dos décadas.
Mientras tanto, los desafíos estructurales siguen acumulándose. La pobreza, la baja productividad, la crisis educativa, el deterioro institucional y la falta de inversiones sostenidas requieren consensos políticos de largo plazo que resultan incompatibles con una lógica de confrontación permanente.
La experiencia internacional demuestra que las democracias más estables son aquellas capaces de generar alternancia sin convertir cada elección en una batalla existencial. Cuando una sociedad comienza a creer que solo existen dos opciones irreconciliables, corre el riesgo de transformar la política en una guerra cultural interminable.
El peronismo enfrenta hoy el desafío de definir si puede construir un liderazgo que dialogue con el legado kirchnerista sin quedar subordinado a él. Del mismo modo, los sectores que respaldan las reformas económicas impulsadas por Milei deberán decidir si esas transformaciones pueden sostenerse más allá de una figura personalista.
La verdadera discusión de los próximos años probablemente no sea Cristina o Milei. La cuestión de fondo será si la Argentina logra salir de la dependencia política de ambos polos y recuperar la capacidad de debatir proyectos, instituciones y políticas públicas sin que todo quede reducido a una disputa de identidades.
Las democracias maduran cuando los ciudadanos pueden elegir entre varias alternativas legítimas. Se empobrecen cuando solo pueden optar entre dos miedos.
Ese es, quizás, el principal desafío que enfrenta hoy la Argentina.
