Semán, el peronismo y la batalla por los símbolos: por qué la marcha ya no convoca como antes

A partir de una escena en el funeral del Indio Solari, el sociólogo Pablo Semán analiza cómo cambió la relación entre las multitudes, la política y los símbolos del peronismo. Su diagnóstico apunta a un clima de incertidumbre, desconfianza y pérdida de viejos anclajes identitarios.

“La política también vive de sus liturgias”, podría resumir una máxima que atraviesa la historia argentina desde hace décadas. Y pocas escenas condensan mejor ese vínculo que la multitud emocionada que acompañó los funerales ricoteros del Indio Solari, donde ni siquiera la insistencia de ciertos militantes logró imponer la marcha peronista.

El sociólogo y antropólogo Pablo Semán, atento observador de los sectores más empobrecidos y testigo del episodio, define ese tipo de maniobras como “punguismo simbólico”: la apropiación indebida de hitos e ídolos ajenos, una práctica que atribuye como especialidad del justicialismo a lo largo del tiempo. Desde esa lectura, Semán también enlaza la escena con el modo en que algunos kirchneristas y mileístas hiperpolitizados imaginan, sin demasiado sustento, que el Mundial de Fútbol puede favorecerlos electoralmente.

En su mirada, la historia muestra que el desarrollo del torneo y su resultado final no alteran de manera decisiva la percepción sobre la gestión, aunque sí pueden aliviar por unas semanas el clima social. También subraya que el fenómeno futbolero atraviesa cualquier grieta: la alegría que produce es transversal, masiva y difícil de capturar por una lectura puramente partidaria. En ese registro, el argumento parece cerrar con una consigna simple: “Soy un gran fan de la Selección argentina, déjenme ser feliz”. Semán incluso cuestiona a sectores de clase media que, sobre todo en redes sociales, acusan a Messi de desclasado, como si quienes lo critican fueran obreros de la construcción.

Sin embargo, el caso del funeral del Indio Solari parece ir más allá de una simple disputa por símbolos. En otras etapas, multitudes de ese mismo perfil social probablemente habrían cantado la marcha peronista con naturalidad. Si no lo hicieron, sugiere Semán, no fue solo por una cuestión de contexto, sino porque en los sectores más castigados se consolidó algo nuevo: incluso entre quienes rechazan el modelo vigente, ya no aparece con claridad una alternativa convincente.

El investigador describe esa sensación como una “navegación a ciegas”. Quienes cuestionan no saben bien qué desearían en su lugar, y quienes respaldan tampoco tienen claro hacia dónde va el rumbo. En medio de ese panorama, unos protestan y otros aplauden, pero casi todos lo hacen sin euforia, como si se hubieran acomodado a una frase resignada: “No hay otra opción”. En los estratos más bajos de la sociedad persiste, además, la desconfianza hacia el Estado regulador, no por un giro ideológico repentino, sino porque en muchos casos no mejoró la vida cotidiana y hasta llegó a ser percibido como dañino.

Ese diagnóstico, que Semán formula desde una perspectiva favorable a las regulaciones, funciona también como una crítica a la falta de una propuesta novedosa. En otras palabras, el problema no sería solo el desgaste de un gobierno o de una coalición, sino la ausencia de una idea de fondo capaz de ofrecer algo distinto sin limitarse a reciclar el pasado.

En principio, este cuadro parece jugar a favor de Milei y desafiar la sensibilidad peronista, que durante décadas se apoyó en consignas muy eficaces para distintas generaciones. El Estado como garante de protección, el protagonismo del proletariado y los sindicatos, la idea de representar a las grandes mayorías, la moral del bien común frente al sálvese quien pueda y un nacionalismo asociado a la argentinidad fueron pilares de enorme potencia simbólica. Pero esos anzuelos ya no son los mismos.

El Estado presente, por ejemplo, quedó asociado a una administración que muchas veces terminó deteriorando su propio prestigio, volviéndose ineficiente y distante. A la vez, los cambios productivos redujeron el peso de la industria y expandieron el sector servicios, con trabajadores menos cohesionados y más individualizados. La vieja “columna vertebral” sindical, que organizaba y disciplinaba a los laburantes, hoy luce debilitada, desprestigiada y con escasa capacidad de movilización real.

También se alteró la idea de mayoría. Durante largo tiempo, el peronismo se apoyó en la creencia de que encarnaba a un pueblo más amplio que la mera mitad más uno. Hoy, en cambio, distintos indicadores de opinión y los promedios electorales de los últimos años exhiben una sociedad mucho más crítica del movimiento, especialmente del kirchnerismo. En ese contexto, la apelación a las minorías y la pérdida de centralidad electoral dejaron a ese espacio sin una de sus operaciones más eficaces.

Algo parecido ocurrió con el viejo mandamiento de “Primero la patria, después el Movimiento y al final los hombres”, que condensaba una ética de sacrificio y conducción ejemplar. La realidad contemporánea ofrece otra imagen: el peronismo aparece, para amplios sectores, como el partido de la inflación y de la venalidad, un pobrismo administrado por nuevos ricos bajo sospecha. La promesa de que nadie se salvaría solo terminó, en esta lectura, en una escena opuesta: se salvaron ellos.

Casos como el de Martín Insaurralde, figura central del justicialismo bonaerense, y la campaña kirchnerista orientada a excarcelar a una lideresa condenada por la Justicia profundizan un descrédito moral ya visible. A ello se suma el desgaste del nacionalismo como lenguaje aglutinante: esas palabras, que antes movilizaban y cohesionaban, hoy suenan oxidadas. En paralelo, el populismo de derecha absorbió con éxito la palabra “patriotas” y la convirtió en bandera propia.

El argumento se prolonga hasta un punto sensible: la posibilidad de que una nueva ley libertaria elimine límites a la extranjerización de la tierra en PatagoniaGlaciares y Antártida, debilitando la protección de los macizos de agua dulce, no parece generar la reacción masiva que antes despertaban medidas de ese tipo. Para el autor, eso no solo indicaría un cambio de clima, sino también la evidencia de que el viejo vehículo político dejó de funcionar.

Análisis y proyecciones: La lectura de fondo remite a una transformación de largo plazo que la ciencia política y la sociología vienen observando desde hace años en Argentina: caída de las identidades partidarias rígidas, fragmentación social, debilitamiento sindical y creciente centralidad de liderazgos personalistas. En ese marco, la disputa ya no gira solo en torno de ideas clásicas como Estado, nación o movimiento, sino alrededor de la capacidad de cada fuerza para ofrecer certidumbre en un contexto de inflación, malestar económico y desconfianza institucional. Si no aparece una narrativa nueva que ordene expectativas, es probable que siga expandiéndose el voto de rechazo, la apatía o la adhesión volátil a figuras disruptivas.

Evolución reciente del tema: En los últimos años, el peronismo fue perdiendo parte de su repertorio histórico de legitimación, mientras sectores libertarios y de derecha capturaron consignas antes asociadas al nacionalismo popular. Al mismo tiempo, la experiencia de gobierno reforzó la percepción de un Estado más pesado que eficaz, y la crisis de representación sindical redujo la potencia de las viejas herramientas de movilización. Así, donde antes había un lenguaje común para interpelar a las mayorías, hoy conviven desconfianza, cansancio y una búsqueda incierta de nuevos relatos capaces de reemplazar a los anteriores.

La conclusión, para Semán, es casi brutal en su simpleza: la Argentina sigue teniendo dos almas, pero una de ellas necesita un software completamente distinto para volver a convocar. Por ahora, y salvo una sorpresa mayúscula, esa canción no prende.