Señales de un cambio social y político

La gran pregunta es si la convulsa realidad de la oposición es un buen síntoma para el Gobierno o si enciende una luz de alarma que la Casa Rosada podría estar desatendiendo.

Claudio Jacquelin

Columna publicada originalmente en La Nación

La perplejidad, la parálisis y el temor empiezan a dejar paso al despertar del debate público (y las peleas) dentro de las fuerzas políticas a las que el triunfo de Javier Milei puso a la defensiva, tras dejarles al desnudo su crisis de liderazgo, de representación y hasta de identidad.

El cambio de clima político y social es evidente. No sus efectos. Sobre todo, para determinar a quién favorece. La primavera acaba de empezar no solo en el almanaque y en el termómetro, a pesar (o a causa) de que el invierno sigue demasiado presente en la economía.

La gran pregunta dominante es si la convulsa realidad de la oposición, que en estos días fue subrayada por el match de fondo del kirchnerismo, entre cristicamporistas y kicillofistas, es un buen síntoma para el Gobierno, como muchos interpretan. O, si en cambio, enciende una luz de alarma a la que la Casa Rosada y sus analistas predilectos pueden estar desatendiendo.

La primera respuesta certera es que esa alteración de la dinámica y de las actitudes en el fragmentado campo de la oposición se produce al mismo tiempo que se advierte (no solo en las encuestas) una incipiente fisura en el hasta hace poco hegemónico humor social, favorable al oficialismo libertario.

Por ahora, el Gobierno tiene un buen motivo para desestimar la preocupación o para no darle mayor entidad. La modificación que se está dando en las dimensiones social y política no es (por ahora) convergenteEl aumento del número de quienes cuestionan al Presidente y a su gestión no pasan a engrosar el volumen de simpatizantes de otras fuerzas o dirigentes políticos.

El rechazo a lo que había y el vacío de ofertas atractivas para la gran mayoría de la sociedad que existe fuera del oficialismo sigue siendo el gran ordenador político. En beneficio de Javier Milei.

Más aún, la discusión política podría en esta etapa ampliar la brecha entre esos caminos paralelos por los que transita la mayor parte de la ciudadanía, por un lado, y la muy heterogénea dirigencia política opositora, por el otro. La gente quiere soluciones, no dirigentes que se peleen, podría ser la frase que sintetice la opinión dominante de la ciudadanía.

Sin embargo, el aumento de la fatiga o la insatisfacción social así como el hostigamiento mileísta a todo a aquel que no se le someta y sus crecientes maniobras de cooptación de dirigentes opositores empiezan a tener derivaciones menos lineales y a estimular el desperezamiento de los espacios arrasados por la ola libertaria.

El instinto de preservación, la prolongación de la incertidumbre en casi todos los planos y la cercanía con el comienzo del año electoral operan como incentivos para reaccionar en el entramado no oficialista. A contrapelo de la física, la ebullición no vuelve gaseosa a la política, sino que la hace un poco más líquida de lo que era, en busca de alguna solidez y consistencia. Nada que ahora pueda llegar a plasmarse, sin antes pasar por un proceso de reconfiguración profunda, cuyo final parece imposible de avizorar todavía.

El peronismo, en primer lugar; el radicalismo, luego, y el macrismo, finalmente, están atravesados por esos incentivos revisionistas con distinta intensidad.

Las preguntas respecto de la identidad de cada uno, la calidad de su oferta política-electoral y la viabilidad de su espacio son interrogantes vitales que no pueden dejar de hacerse ni de disparar debates (o enfrentamientos).

El Gobierno, que no termina de encaminarse (como pretende hacer ver) ni de fracasar (como imaginaba la oposición más dura) no les ha resuelto esos cuestionamientos. Ni para bien ni para mal.

Por eso, buena parte de los dirigentes opositores con expectativas de futuro y con experiencia de fracasos se han puesto en movimiento en busca de algún destino. Algunos lo hacen de manera subterránea. Otros a la luz del día (y con amplificadores).

Kirchneristas y radicales están en la vanguardia ruidosa de ese debate. El macrismo, más sigilosamente, no se queda al margen.

Asordinada por su padre fundador y acosada por la neomileísta Patricia Bullrich, la dirigencia de Pro que no fue sumada al Gobierno, pero se ve obligada a apoyarlo (por convicción, por conveniencia o por obediencia) empieza a verse atravesada por los replanteos. Los últimos días fueron revulsivos.