Javier y Karina Milei empiezan a estar sobrevolados por una sospecha. La realidad habría dejado de ser moldeable. Las encuestas, esos oráculos que el oficialismo lee con dedicación y astucia, comienzan a devolver un rostro desconocido. El ajuste, que hasta no hace mucho se explicaba como una fatalidad necesaria, encontraría un límite en las expresiones de impaciencia.
Todas las consultoras, con márgenes distintos, registran una caída en la valoración del Presidente y de su administración. Delineando, con matices, un paisaje similar al que existía en agosto de 2025. Preámbulo de la rotunda derrota en Buenos Aires de septiembre frente al kirchnerismo. La amenaza de ese fantasma y el respaldo con dólares de Donald Trump se combinaron a la perfección para la resurrección libertaria en las legislativas de octubre. Luego vino el raid parlamentario del verano en las sesiones extraordinarias en las cuales el oficialismo se nutrió de fortaleza político-institucional.
La realidad social, sin embargo, siguió circulando por otro andarivel que los hermanos Milei, tal vez por equívoco, convirtieron en un solo sendero. Muchas veces importan más en los trabajos de opinión pública las percepciones ciudadanas que las valoraciones numéricas. Lara Goyburu es polítóloga y directora ejecutiva de la empresa Managment & Fit. Recogió en sus estudios dos conceptos que podrían marcar el arranque de una nueva etapa. Menciona la “paciencia agotada” y la existencia de una “resignación activa”.
La primera referencia estaría sintetizada en la frase recurrente vertida por los encuestados acerca de “Estamos aguantando, pero ¿cuánto más?”. La segunda en el tránsito de una actitud de observación a otra calificativa. El 56,2% de los encuestados revelan sentimientos negativos respecto del futuro de la Argentina. Lejos de cualquier intención de rebeldía. También de que ese estado de ánimo los estimule para volver al pasado. Ni reparar en lo que ahora oferta la oposición. Se comprende aquel rótulo de resignación.
El consumo silencioso de la paciencia encierra un riesgo para cualquier gobierno. Es el ciudadano que cuenta los billetes en la caja del supermercado y, sin decir palabra, anota una deuda que el poder político tarde o temprano deberá cancelar. El éxito de Milei con la baja de la inflación, aún elevada para estándares de normalidad, no compensa el déficit de los ingresos. Por esa razón el 50% de los encuestados por Managment & Fit sostiene que el índice del alza de precios no se refleja en la vida diaria, que empeora. Hay una estadística explicativa: la inflación desde que llegó La Libertad Avanza al poder ha sido del 209%. Los alquileres aumentaron un 423%, los servicios (electricidad, agua) un 370%.
Esa realidad comenzaría a golpear la narrativa mileísta en varios flancos. Dudas sobre los márgenes que dispondría el Gobierno para proseguir con el ajuste. El descenso de la inflación como un logro valorado, pero todavía insuficiente. Desde el plano político se observa otra dificultad. Los repetidos escándalos por falta de transparencia en la gestión estrechan los márgenes del Presidente para extraerle alguna gota más de líquido al discurso de confrontación sobre “la casta”. La consultora Ad Hoc, dedicada a mediciones en las redes sociales, señala que las menciones negativas a Manuel Adorni, el jefe de Gabinete, se septuplicaron en marzo, las referencias al caso $LIBRA no ceden y el rechazo a la figura presidencial –en ese universo de preferencia libertaria—poseería niveles superiores al 50%.
El caso Adorni está obligando al Gobierno a ensayar una coreografía de supervivencia. Resulta incomprensible que el jefe de Gabinete tenga de rehén a los hermanos Milei por no explicar debidamente un patrimonio de tres departamentos, una casa en un country y dos automóviles. No pareciera tan difícil hacerlo, si no existen oscuridades, ni tiene el volumen monetario del que se adjudica a Pablo Toviggino, la mano derecha de Claudio “Chiqui” Tapia. “Manuel tiene más vueltas que el estrecho de Ormuz”, ironizó uno de sus colegas. La reticencia del funcionario despierta sospechas. El florecimiento de jubiladas prestamistas y policías también. Ese cuadro así colgado corroe políticamente al Gobierno.
El fiscal Gerardo Pollicita no se detiene con la investigación que, a su regreso al juzgado, también impulsa Ariel Lijo. El magistrado ordenó el levantamiento del secreto fiscal y bancario del matrimonio Adorni. Desea conocer qué fondos disponía el funcionario para hacer todas las operaciones inmobiliarias y viajes concretados en los dos últimos años. Había dicho en su única rueda de prensa que todo el patrimonio lo había construido antes de ingresar al poder. Las verificaciones demuestran lo contrario. Llama la atención, para bien, la dinámica que posee la causa.
El problema de Adorni produce mutaciones internas en el oficialismo, que resultan improvisadas. No hay funcionarios ni legisladores de talla que se animen a dar la cara pública en estas circunstancias. El jefe de Gabinete lanzó un solo tuit inocuo en toda la semana. Karina no lo llevó al palco en Diputados cuando fue aprobada la Ley de Glaciares.
Luis Caputo ofició en estos días de improvisado portavoz para hablar de casi todo. De Adorni, de los créditos VIP del Banco Nación, del reverdecer que supone descubrir en la economía. Conservó de su reemplazado dos características centrales. La arrogancia y la furia contra el periodismo. Lo primero tiene que ver con su personalidad transformada. Lo segundo se vincula al verticalismo que ejercen los hermanos Milei. Aseguran que el ministro de Economía confesó en una comida de cuatro: “Si no lo hago corro riesgo de que me echen”.
Los hermanos Milei no parecen advertir que la calidad de la centralidad del gobierno ha variado. Tiene enormes dificultades para atesorar la iniciativa y se mantiene como centro de gravedad de la escena por sus errores y sospechas. También por la vacancia de una oposición que atraiga. Ese comportamiento afecta cualquier pretensión de edificar un sistema político y económico estable. Hay un vacío de confianza.
El ex ministro Alfonso Prat Gay, dedicado ahora a la actividad privada, restregó esa llaga en una aparición pública. Lo resumió con un interrogante: ¿Qué pasa que los argentinos no terminan de confiar en el peso y qué pasa que los acreedores externos no terminan de confiar en el programa? Apuntó que el Gobierno hizo todas las correcciones pedidas por Wall Street. Habría que computar además que Milei ancló su política exterior al vínculo con Estados Unidos e Israel. Fue providencial para evitar una vuelta de campana en 2025. Insuficiente para que alguna inversión importante de aquel origen se fijara en el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones). Inútil también para que el proyecto oficial tendiente a que los argentinos vuelquen al mercado los dólares del colchón se materialice. Las compras netas de moneda estadounidense de personas ascendieron en enero a US$ 2.203 millones.
Con ese panorama interno el gobierno de Milei debe prestar atención adicional a las secuelas de toda índole que arrojará la guerra en Medio Oriente. Aun cuando logre diseñarse alguna tregua en las negociaciones extremadamente inciertas que Estados Unidos e Irán iniciaron en Islamabad, Pakistán, con el auspicio de China. El Fondo Monetario Internacional (FMI) alertó que “hay que prepararse para lo peor”. Está en puerta una crisis energética que la Argentina podría afrontar con Vaca Muerta en condiciones menos desfavorables que en el pasado. Al Presidente le interesa, sobre todo, la afectación política que pueda sufrir Trump según sea el desenlace.
Queda cada vez más claro que la relación bilateral está sustentada por el vínculo personal. No por políticas de Estado que puedan exceder a ambos. Las críticas en Estados Unidos arrecian contra el líder republicano por una doble razón: haber ingresado en la guerra; no haber previsto algún plan de salida con la iniciativa en sus manos. El régimen teocrático y sanguinario de Teherán ha puesto en discusión el control del estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo y el gas que consume el mundo. Ese debate no existía antes que se desatara el conflicto bélico.
Milei no estaría en condiciones de realizar algún giro diplomático. Washington es su guía ineludible. Esa dirección lo induce a reforzar además su alianza con Israel, donde estará el próximo domingo para participar de las celebraciones de la Independencia. Mientras sigan en curso, se supone, las negociaciones en Pakistán por la guerra.
Los últimos acontecimientos demuestran que la proximidad de Trump produce efectos políticos. Hoy habrá mucho en juego en Hungría donde Viktor Orbán, aliado simultáneo del líder republicano y de Vladimir Putin, laboratorio de las autocracias en Europa, expone su corona de 16 años consecutivos. Giorgia Meloni sufrió la cercanía con Washington en la derrota en el plebiscito por la reforma judicial. La premier danesa, Mette Frederiksen, estaba condenada. Terminó ganando con un apretado volumen de votos la reciente elección. La embestida de Trump por Groenlandia resultó para ella un valioso anabólico.
Milei requiere que Trump pueda capear las elecciones de noviembre para recorrer la segunda mitad de su mandato y tener chances de ungir algún sucesor republicano. Gran parte de ese tramo coincidirá con la apuesta del líder libertario por su reelección. Si el mandatario de Estados Unidos sale dañado de su examen, ¿la relación con Milei y la Argentina no sufrirá trastornos? ¿Seguirá la Secretaría del Tesoro como una garantía de auxilio frente a cualquier tropiezo libertario? Se trataría de un acertijo envuelto en un misterio, como alguna vez definió Winston Churchill.
Fuente: Clarín
