Eduardo van der Kooy
Columna publicada originalmente en Clarín
En diciembre pasado durante una prolongada tertulia que tuvo por streaming con el libertario Fernando Parisini, conocido como el gordo Dan, Javier Milei hizo un diagnóstico acerca de lo que preveía para comienzos del 2025. Cabalgaba sobre una inflación del 2.4% en noviembre. Según su interpretación se trataba ya de una deflación virtual. Surgida de uno de esos cálculos encapsulados que la encanta realizar, fuera del alcance del ciudadano común.
En la misma exposición aventuró que de mantenerse ese índice reduciría el crawling peg al 1% para que la inflación tendiera a cero. Eso le permitiría la liberación del cepo. En efecto, Luis Caputo, el ministro de Economía, resolvió desde febrero bajar aquella regla de devaluación. Pero el viernes último con un salto inflacionario del 3.7% que el INDEC comunicó para marzo el Gobierno dispuso de repente el levantamiento del cepo. El desarrollo, con evidencia, no pareció ajustarse a sus previsiones. Al margen de la parva de papeles que mostró como prueba de la planificación durante un intercambio social con un periodista.
Tal desacople ocultado pudo haber sido compensado por dos cosas determinantes. El nuevo préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) por U$S20 mil millones. El respaldo político de Donald Trump ilustrado con la visita de Scott Bessent. El secretario del Tesoro no hizo ninguna gira: vino directo desde Washington para dar un espaldarazo al gobierno libertario y también regresó directamente a la capital de Estados Unidos.
Los fondos y el gesto político sirvieron para una mutación ostensible de Milei. Desde comienzos de marzo estaba en una actitud de repliegue público que coincidió con el progreso opositor en el Congreso y repetidas protestas callejeras. No es la primera vez que aquella retracción resulta acompañada por un lenguaje corporal que trasluce incomodidad y dificultades. Entre muchos ejemplos se pueden recordar dos: cuando debió explicar el escándalo del criptogate; cuando como derivación se vio forzado a criticar al joven Santiago Caputo que interrumpió en plena grabación un reportaje por considerar inconveniente el rumbo de las palabras presidenciales. En esas situaciones se lo pudo observar apichonado.
Quizás el punto máximo de aquel retroceso sucedió durante la visita de la semana pasada a Paraguay, mientras se terminaba de definir el acuerdo con el FMI y el apoyo de Trump. Participó en Asunción de un encuentro con su colega, Santiago Peña. Pronunció un discurso repleto de equívocos y con un volumen muy bajo de voz. Pidió además la cancelación de una rueda de prensa que debía compartir con el mandatario paraguayo.
El alma pareció volverle al cuerpo a Milei recién cuando se consumó el acuerdo. Al margen de los festejos sin mesura, ya realizados por administraciones anteriores, volvió a corporizarse en el Presidente ese afán de confrontación, carácter intempestivo y hábito de recurrir a un lenguaje que hasta desentonaría en los arrabales. “Es el regreso del León”, se jactaron los libertarios.
Javier Milei con Luis Caputo y el equipo de Economía festejan la salida del cepo.
En esas circunstancias su comportamiento desconoce límites y verdades. Milei volvió a cargar contra economistas que hace tiempo señalaron que el régimen cambiario estaba agotado. Ahora fue el turno, entre varios, de Hernán Lacunza y Carlos Melconian. Todos los atacados tuvieron razón. No solo el FMI solicitó volver a las bandas de flotación, entre $1000 y $1400. Eso implicó además una devaluación, por módica que haya resultado. El Gobierno la negó hasta las últimas semanas.
Del mismo modo reanudó sus críticas contra el periodismo “que con sus mentiras le envenenan la cabeza a la gente”, explicó. Mencionó específicamente a tres periodistas de La Nación. Extendió su furia incluso contra periodistas deportivos que alguna vez se atrevieron a criticar a Lionel Messi. Milei en su imaginario se aparea con el astro mundial del fútbol. El divague transcurrió en aquel intercambio social con un periodista, que terminó convertido en chacota.
Nada de todo eso, después de un año largo en el poder, debería provocar sorpresa. Tampoco el primer hilván de un nuevo relato libertario que parece amanecer. Milei concentró todas las expectativas sociales en la lucha contra la inflación que había augurado vencerla en los próximos meses. Después del acuerdo aseguró que la inflación colapsará en la mitad del 2026. Intenta comprar tiempo. La realidad no le permite otra cosa.
El 3.7% de marzo fue una señal que puso en jaque una de sus teorías preferidas: sin emisión y con equilibrio fiscal el alza de los precios declinaría sin remedio. Abril tampoco arrancó con optimismo. Las bandas de flotación del dólar aseguran, en el mejor de los casos, tres o cuatro meses más con índices lacerantes para cualquier bolsillo. El objetivo mayor sería ahora llegar a las legislativas de octubre con un registro inflacionario de nuevo en baja.
En el interín habrá que observar otro par de asuntos. Si no hay recaída más honda de la actividad económica. Cómo afrontará el Gobierno el desfase de los salarios que en los últimos meses resignaron un 7%. Incertidumbres que habrá que ver con qué destreza resultan saldadas.
En lo inmediato, el gobierno libertario deberá afrontar su segundo desafío electoral, provocado innecesariamente, en la Ciudad. El primero ocurrió el domingo pasado en Santa Fe con resultados magrísimos para el oficialismo nacional. Quizás pasó de largo por la polvareda que levantó el acuerdo con el FMI y el respaldo de Trump. La Libertad Avanza entró tercero en la elección para constituyentes detrás del peronismo que fue partido en tres. El segundo fue Juan Monteverde, un dirigente nuevo que comulga con la corriente kirchnerista. El fracaso libertario reconoció otra explicación que debiera ser atendida en función de lo que viene en la Ciudad y, en octubre, en Buenos Aires. Karina Milei, la Secretaria General, fue la responsable de un armado que marginó a la diputada provincial Amalia Granata. La mujer quedó a centésimas del libertario Nicolás Mayoraz. Para colmo, el gran ganador fue el gobernador radical Maximiliano Pullaro. Cabeza de un gran frente multipartidario asimilable a aquella “casta” que suele detestar el Presidente.
Milei no ha dado señales de haber recogido todavía alguna lección por lo ocurrido en Santa Fe. Acusó a Mauricio Macri de ser el causante de “una traición” en la Ciudad. ¿Será porque el ingeniero hizo público que el divorcio porteño del PRO con los libertarios también sería responsabilidad de Karina?
Curiosamente macristas y libertarios parecen coincidir involuntariamente en una estrategia similar. El ex presidente advirtió que sólo el PRO podría evitar el desembarco kirchnerista en la Ciudad. Manuel Adorni, portavoz del Gobierno y candidato, declaró que la lucha del 18 de mayo será contra el kirchnerismo. “Porque los demás no cuentan”. Tal vez Leandro Santoro, que asoma primero en casi todas las encuestas, deba agradecer a ambos que lo coloquen en un sitial de privilegio en la vidriera porteña.
