El Gobierno parece haber entrado en una nueva fase de su experimento económico. Después de convertir el ajuste fiscal y el apretón monetario en la columna vertebral del plan de estabilización, Javier Milei empieza a admitir que la batalla contra la inflación no se ganará sólo con la escasez de pesos, sino también con una recuperación de la demanda de dinero y un regreso gradual de la liquidez.
Ese giro quedó expuesto tras el mal dato de marzo, con una inflación de 3,4%, cuando el Presidente empezó a poner el foco en otro objetivo: comprar dólares, reforzar reservas y permitir que más pesos circulen para dinamizar la economía real. Según el análisis de Ezequiel Burgo, en la Casa Rosada proyectan que el Banco Central podría acumular hasta US$ 15.000 millones hacia agosto, casi el triple del stock ya comprado en lo que va del año. No se trata de un cambio menor. Hasta hace pocos meses, el propio Luis Caputo explicaba que comprar divisas podía ser riesgoso porque implicaba emitir pesos que luego podían recalentar precios o presionar sobre el dólar financiero. Hoy el argumento oficial mutó: esa misma expansión monetaria sería absorbida por una economía que, según Milei, empieza a mostrar una recuperación sostenida de la demanda de pesos.
La novedad de fondo es política además de monetaria.
El primer trimestre dejó señales incómodas para el oficialismo: inflación más alta de la prevista, persistencia del riesgo país, falta de crédito externo y un humor social menos indulgente frente al ajuste. En ese contexto, el Gobierno parece aceptar que sostener la ortodoxia pura ya no alcanza si la economía no empieza a mostrar más movimiento, crédito y consumo.
Por eso la compra agresiva de reservas cumple una doble función. Por un lado, fortalece el balance del Banco Central en un año internacionalmente incierto. Por otro, inyecta pesos en una plaza donde la base monetaria real todavía viene cayendo. Burgo remarca que, aun con compras de divisas, la cantidad de dinero en la calle bajó 14% real en lo que va de 2026, producto de la absorción vía superávit fiscal, colocaciones de deuda y manejo fino de liquidez.
Ese dato explica por qué Milei ahora se anima a avanzar.
Si el BCRA efectivamente alcanzara los US$ 15.000 millones, estaríamos hablando de casi $14 billones volcados al circuito económico, una cifra relevante para una economía que todavía arrastra síntomas de asfixia monetaria. La apuesta oficial es que esos pesos no migren al dólar sino a transacciones, crédito, actividad e inversión.
Ahí aparece el verdadero cambio de paradigma.
El Milei que en campaña demonizaba al peso como una moneda condenada ahora necesita demostrar que la sociedad está dispuesta a demandarlo otra vez. La hipótesis oficial es que la estabilización fiscal, la baja del pass-through cambiario y la expectativa de crecimiento pueden reconstruir esa confianza.
Pero el riesgo es evidente: si la inflación no desacelera con la velocidad prometida o si reaparece ruido político, esos pesos podrían volver a buscar cobertura cambiaria y poner en tensión la banda superior del dólar, un punto que incluso en Washington miran con atención. Según el artículo, en el FMI circula la idea de que para comprar semejante volumen de divisas quizás haga falta un tipo de cambio más cerca de $1.600 que de los actuales $1.400.
En otras palabras, el Presidente empieza a jugar una partida más sofisticada que la del ajuste inicial: ya no se trata sólo de bajar la inflación, sino de administrar el delicado equilibrio entre reservas, liquidez, crecimiento y expectativas electorales.
La pregunta de fondo es si este nuevo Milei más pragmático logra que los pesos adicionales se transformen en crecimiento y no en cobertura.
Porque después de haber construido toda su legitimidad sobre la escasez monetaria, inyectar pesos puede ser la jugada que reactive la economía o el movimiento que reabra viejos fantasmas.
