Por Jorge Liotti
En las últimas semanas el Gobierno acumuló medidas y gestos para recuperar sintonía social; el tema generó un debate en la mesa política; Milei se muestra inflexible pero deja hacer
Mientras la artillería verbal de Javier Milei disparaba en el frente de batalla contra los “enemigos” del modelo, las unidades blindadas del Gobierno aprovechaban la cobertura presidencial para disimular pequeños gestos a una sociedad desgastada, en un giro cargado de pragmatismo y preocupación electoral.
En apenas dos semanas hubo una secuencia de medidas que demuestran los alcances de la operación. El ministro Luis Caputo primero anunció una flexibilización de los créditos en dólares que les permitirá a los bancos prestarles a las empresas una cifra de entre US$6000 y US$7000 millones de sus encajes, pese a cierta reticencia de Federico Sturzenneger. El objetivo: liberar fondos al circuito productivo para reactivar, aunque implique un modo de intervención estatal en el flujo crediticio.
Esta semana además oficializó su plan para generar una línea de créditos hipotecarios con unos $2 billones de fondos de la Anses, una idea que debió superar alguna objeción metodológica de Sandra Pettovello. El objetivo: volcar dinero a la calle para dinamizar la economía, pese a la posibilidad de que eso pueda incentivar algo la inflación.
Unos días antes, junto con Diego Santilli, Caputo había posado con un grupo de gobernadores del norte para escenificar un acuerdo con el fin de subsidiar el consumo energético en el período de más calor, a cambio de acompañamiento legislativo para quitarles esos mismos beneficios a las zonas frías. El objetivo: fidelizar apoyos en el Congreso, aunque implique resignar partidas que podrían haber ido a fortalecer el equilibrio fiscal.
En el inicio de esta semana, Economía y el Banco Central habilitaron discretamente una suba del dólar mayorista, que ya se instaló arriba de los $1500. El objetivo: descomprimir la presión cambiaria aunque implique flexibilizar ese mecanismo para anclar expectativas inflacionarias.
Sobre el cierre de la semana, el Gobierno dejó correr un planteo gremial para que en los convenios colectivos se establezca un piso mínimo para los salarios por encima de $1 millón, una medida que afecta solo a cuatro sindicatos pero que tiene una fuerte carga simbólica (pese a que al día siguiente el Gobierno volvió a frustrar la discusión por el salario mínimo, que está en $376.000). El objetivo: hacerle un guiño al sector formal de menores ingresos (a la que se sumaría esta semana un aumento para las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas), aunque represente una admisión implícita de la pérdida de poder adquisitivo.
Todas estas decisiones preservan el corazón del dogma libertario, pero flexibilizan mucho sus límites, aun cuando su impacto real en la economía sea más simbólico que efectivo. Obviamente, no hay emisión monetaria ni desequilibrio de las variables, pero sí una clara vocación por adoptar una postura más proactiva, que desafía la consigna principal de Milei de no alterar el modelo bajo ninguna circunstancia. El plan no se cambia, pero se lo puede maquillar un poco para que resulte algo más amigable.
En el fondo de este giro habita un intenso debate interno que se dio en el seno del Gobierno, y que tuvo su epicentro en una reunión de la mesa política de hace dos semanas. Allí ya no todos los actores tienen una fe ciega en el éxito del plan económico tal como está planteado hoy y demandan resultados más tangibles en el corto plazo. La presión externa se hace sentir.
El jugador más determinante volvió a ser el ministro de Economía, quien es el que muchas veces promueve y provoca. Y justamente por eso enfrenta dos líneas de roce. La primera, dentro de la propia mesa de conducción. Caputo volvió a verbalizar la necesidad de lograr un acuerdo electoral urgente con los gobernadores, que pavimente el tránsito de sus proyectos en el Congreso y permita dar señales al mercado que reduzcan el nivel de incertidumbre. Es el mismo planteo que hizo hace cuatro meses atrás en ese mismo ámbito, y está basado en la idea de que en materia económica ya se tomaron todas las medidas troncales y que ahora es el momento de la política.
El ala política, con Karina Milei, Santilli y los Menem al frente, acepta el razonamiento pero no está tan de acuerdo con sus términos, y así lo expuso en ese debate. Entiende que primero se debe recomponer la economía, para tener más fortaleza en las negociaciones. Además exhibe las muestras de concordia con una decena de gobernadores y los logros en el Congreso como ejemplo de que ya se avanzó en ese camino. De hecho, esta semana el Gobierno consiguió el triunfo más nítido en mucho tiempo con la media sanción de la reforma del Banco Central y del proyecto de inocencia fiscal.
La idea de este sector es acelerar las conversaciones con los gobernadores, que pasan en tandas por el despacho de Santilli, al igual que los diálogos con los referentes de Pro, todos tendientes a lograr algún tipo de acuerdo electoral, pero no ahora. Hay un mensaje que el Gobierno sugiere en esos diálogos para vencer las desconfianzas de los posibles aliados: “En 2025 necesitábamos tener más tropa propia para blindar los vetos presidenciales, por eso hubo menos disposición a pactar. Ahora la meta principal es lograr la reelección de Milei, con lo cual vamos a hacer todos los acuerdos que sean necesarios, aunque tengamos que resignar territorios”, ilustra un integrante de la mesa política.
La segunda línea de fricción que tiene Caputo, mucho más reservada incluso que la primera, es con el propio Milei. Mientras el ministro ha manifestado internamente su preocupación por la pereza de la recuperación económica, el Presidente se esfuerza en demostrar que está dispuesto a morir con las botas puestas antes que tocar su programa. El nivel de identificación ideológica entre ambos es total, y la sintonía personal completa, pero mientras uno cree que hay que dar señales simbólicas al menos, el otro piensa que hacer eso es un síntoma de debilidad. Ahora parece regir un acuerdo tácito: Milei vocifera con fuerza su dogma, pero al mismo tiempo deja que Caputo haga sus pequeñas concesiones sin alardear demasiado. Solo debió evitar hablar de “justicia social”.
¿Cambió el cambio?
Estas mínimas elasticidades permitidas son una consecuencia directa de la admisión de que el clima social cambió a partir de marzo. Es interesante observar cómo todos los actores centrales del Gobierno reconocen esta nueva situación, que negaban hasta hace poco.
En la mesa política se naturalizó esta conversación como disparador para tomar medidas. “Necesitábamos algún viraje. El pulso social es distinto, hay más enojo. Por eso estamos evaluando cuestiones que tengan que ver con una agenda más cercana”, ilustra un miembro de la mesa de conducción, que piensa que hay un proceso de retroalimentación entre las expectativas de reelección y el clima social: “Si hay dudas, se va a resentir la economía. Hay que dar certezas de continuidad”.
Hay integrantes de ese espacio que incluso empujan una discusión sobre los morosos, un debate que se instaló socialmente y que la oposición busca capitalizar en el Congreso. Las posibilidades de que prosperen son muy bajas. Tanta dulzura, no. Si bien hubo movimientos reservados con los bancos para que accedan a renegociar las deudas, el problema mayor son las billeteras virtuales, que aunque con montos bajos, concentran la mayor cantidad de morosos.
Esa asunción de realismo también llevó a un involucramiento visible del propio Milei en una seguidilla de reuniones esta semana, después de no haber pisado la Casa Rosada durante 24 días. Presidió la reunión de gabinete y prometió repetirla todos los lunes (excepto mañana, que se pasa al martes). También convocó a sus legisladores, previo a las sesiones del Congreso, y los arengó como si fueran a la guerra. Volvió a mostrarse inflexible, pero lo cierto es que escuchó el consejo de revivir ese vínculo personal.
Los que en la Casa Rosada tratan de ver el vaso medio lleno, remarcaban que esta semana el Gobierno logró dar señales de recuperación del control de la agenda pública, tras varios disgustos. Aprobaron leyes y pliegos en el Congreso con amplias mayorías, demostrando que pese a las oscilaciones con los aliados, aún pueden lograr mayoría muy considerables. Anunciaron medidas económicas que, aunque no vayan a mover el amperímetro, exhiben empatía social. Y el Presidente se mostró más participativo en las actividades de su gestión, más allá de su inexplicable magma de agresiones verbales. Como lo definió un alto funcionario, “un gobierno más normal, aunque sea por un rato”. La gris medianía que requiere la gestión diaria. La monotonía de lo convencional, que es la que muchas veces permite avanzar hacia los objetivos trazados.
Los más sofisticados, intuyen un riesgo en este giro hacia una llanura de mayor pragmatismo: que el propio Milei vaya perdiendo sentido como vector de cambio. ¿Cómo hace un outsider que propuso romper con el establishment para adoptar medidas de transición económica y administrar una apertura política hacia la vieja casta? ¿Qué valor tiene el rugido del león si lo que demanda la sociedad ya no es el ruido de la motosierra sino el de las fábricas? ¿El Milei de las 17.000 reformas estructurales puede también abrazar las pequeñas indulgencias que demandan la gestión diaria sin dejar de representar el cambio?
En el Gobierno admiten que el problema mayor no es que la imagen del Gobierno vaya caído en la sociedad, porque todavía mantiene un piso muy razonable como para ser competitivo el año próximo. El dilema superior es que Milei deje de tener sentido porque ya no pueda ser identificado como quien puede mantener la expectativa de cambio y de mejora económica.
La caída del protagonismo digital de Milei
Javier Correa, director de la consultora AdHoc, lo define como “desangelamiento del carácter antisistema” del Presidente. Lo hace basado en su último informe, que identifica un fuerte retroceso en el ecosistema digital, que lo llevó de 13 millones de menciones en redes sociales en febrero de 2025, su punto más alto antes del caso $Libra, a 3,7 millones en junio pasado. Es un síntoma de alerta para una figura que se moldeó en las redes y que se definió en esa virtualidad. En el Gobierno reconocen que “la participación digital libertaria ya no es novedosa como en 2023, cuando estábamos solos en ese universo. Hoy todos tienen cuentas muy activas. Además, nuestros militantes en redes son de alta intensidad, si ven que los temas no les cierran, no acompañan”.
Y detrás de esa aparente desconfiguración entre el personaje y la sintonía social subyace un interrogante definitorio: ¿sigue expresando Milei una idea de futuro? ¿Puede revivir las expectativas o se está quedando sin instrumental narrativo? Es un interrogante clave para encarar la próxima campaña electoral, para no quedar atrapado en un discurso que solo remita al pasado.
Entrelazados con estos interrogantes se intuye la imagen esfumada de Santiago Caputo. El asesor supo ser el artífice intelectual del Milei novedoso y hoy aparece prescindente en muchas decisiones de comunicación. Si bien una parte de ese vacío lo ocupó de hecho el cineasta Santiago Oría y la estructura digital bis que conduce el karinismo, en la Casa Rosada distinguen claramente a uno de otro; el primero elabora estrategias comunicacionales, el segundo se especializa en la puesta de cámaras.
Pero Caputo pasó a una fase satelital, y manda señales para exhibir su distancia. Quedó en estado de alerta con lo que pasó en la Aduana, donde su titular, José Velis, pidió licencia, aunque todos descuentan que no volverá más a su cargo. El funcionario por ahora será relevado por su segundo, Andrés Kunisz. Pero la definición de ese cargo será vital para saber si le conservan la conducción al sector de Caputo, o si prevalecen los deseos de Karina Milei y de los Menem, y le terminan birlando ese casillero. Un movimiento así podría ser determinante para el futuro del asesor. El suspenso sobre esa resolución marca el nivel de tensión que sobrevuela ese vínculo.
Jorge Liotti
Fuente: https://www.lanacion.com.ar
