Claudio Jacquelin
Artículo publicado originalmente en La Nación
Los pronósticos políticos suelen ser afectados por una cantidad de imponderables infinita, pero la mayoría de los gobernantes tiende a potenciar los indicios favorables y a proyectarlos. Por el contrario, las previsiones adversas siempre encuentran un atenuante, un culpable y una perspectiva de mejora. Hasta que es irreversible. Javier Milei no solo puede dar fe de eso, sino que lo hace público.
Como comprueba en estos días el Gobierno, la realidad es dinámica y mucho más imprevisible. Lo que proyectó apenas después del arrasador triunfo electoral de octubre, tras la estrepitosa derrota bonaerense de septiembre, terminó siendo una realidad mucho más complicada. No solo en el plano económico, donde el Presidente le habría anticipado a los propios algunos sobresaltos, pero sin advertírselos a la mayoría de los ciudadanos, a los que solo les vendía optimismo.
Los tropiezos del primer trimestre en el plano inflacionario y en el de la actividad económica generaron un impacto sensible en el humor social, lo que retroalimentó y potenció la sucesión de derrapes en el terreno político. Algo que no había previsto después del “paseo por el parque” que fueron las sesiones extraordinarias en el Congreso.
Pero el oficialismo no fue el único sorprendido por la sucesión de deslices. También lo fue una oposición que se veía desahuciada tras el proceso electoral y su correlato en la dinámica legislativa, que permitió, sin un exceso de concesiones por parte del Gobierno, la sanción de leyes nucleares de reforma en diversos planos. Milei lograba lo que para cualquier otro gobierno no peronista había sido un calvario o un cadalso.
El Gobierno no solo había impuesto el peso del notable apoyo electoral obtenido en casi todo el país, que apichonó a sus contradictores y acercó más a gobernadores con intereses concurrentes. También el mileísmo había mostrado un pragmatismo y una disposición a negociar que no había exhibido y no quería que se advirtiera en los dos primeros años de gestión. La ansiedad argentina empezaba a dar como un hecho inapelable la reelección de Milei y una nueva derrota opositora en 2027.
Demasiado pronto se demostró que en la vida real nada es lineal, como para que en menos de dos meses se instalaran demasiadas dudas, incluida la anterior certeza de que el presidente libertario pudiera acceder a un segundo mandato.
Ni tanto ni tan poco. Pero la era de la inmediatez y de la simultaneidad potencia señales y dispara tomas de decisiones ante el temor de que cada ventana de oportunidad pueda cerrarse demasiado pronto. Así, mientras el Gobierno tropieza (e insiste en tropezar), la oposición se despereza y empieza a moverse. Incluidos algunos aliados clave del oficialismo, como el macrismo.
También, incentiva la disputa interna del oficialismo, que lejos de disimularse, como hasta hace unos meses, se publicita a extremos. Consecuencias de una leve rotación de la brisa, ni siquiera del viento.
La inflación que no vuelve al sendero descendente desde hace 10 meses y alcanzó su cima en marzo, la destrucción de empleo formal, la degradación del poder adquisitivo y el cierre de empresas y comercios dieron volumen y pregnancia a la sucesión de hechos reñidos con la ética (por respeto al principio de inocencia), protagonizados y defendidos por lo más alto del poder libertario. Suficiente como para envalentonar hasta a los adversarios timoratos.
La imagen más elocuente fue el operativo resurrección de Pro, con dos actos públicos en menos de un mes, que incluyeron la reaparición de Mauricio Macri, por quien ya algunos de los suyos estaban por presentar un habeas corpus para dar con su paradero político, hasta que empezó a viajar un poco más por las provincias que por el exterior. El fundador se mueve en modo promotor antes que como protocandidato. La probabilidad de (volver a) perder nunca lo atrajo.
La alquimia amarilla
Pro ha empezado a explorar la posibilidad de recuperar el tono amarillo que se le había descolorido con su asimilación al violeta mileísta, en un recambio generacional de dirigentes. Una renovación que implica al mismo tiempo un notable adelgazamiento del peso específico de su representación, tras el virtual pase de su fundador al rol de dirigente emérito, la conversión libertaria de su última candidata a presidenta, Patricia Bullrich, el exitoso salto al mileísmo de Diego Santilli, y la colaboración explícita del todavía jefe de la bancada de diputados, Cristian Ritondo. La dieta violeta tuvo efectos devastadores.
En el flamante proceso exploratorio, que encabeza el secretario general de Pro y alter ego del expresidente, Fernando de Andreis, el macrismo intenta salir de la trampa que le genera el arraigo mileísta en su bastión porteño y en el territorio bonaerense.
Para eso, intenta rodear esos distritos clave con una construcción extramuros de algo así como una nueva coalición basada en cuatro de las cinco provincias en las que gobierna o en las que tiene gobernadores aliados (Chubut, Entre Ríos, San Luis y San Juan) más otras ocho donde gobiernan excambiamietas radicales y peronistas no kirchneristas, que le evite terminar definitivamente rendido a los libertarios.
Negociar desde una posición de fuerza si al Gobierno le va bien o presentarse como alternativa de centro si le va mal son los objetivos que busca. La línea que separa una de otra alternativa no facilita la tarea de recuperar la identidad de Pro a la que está abocada la nueva conducción partidaria, reconocen en las cercanías de De Andreis. Más cuando las caras más conocidas del macrismo cambiaron de bando, son colaboracionistas confesos del oficialismo libertario o se diluyeron ante el electorado.
Por otra parte, no todos, incluido algunos de sus más conspicuos representantes, adhieren a la doctrina resurreccionista de Pro, que los chistosos llaman Línea Lázaro. Solo para creyentes. La más manifiesta y hasta sobreactuada excepción es la del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, de quien algunos de sus correligionarios intentan relativizar tanto su macrismo político como sanguíneo.
“Jorge no tiene ninguna responsabilidad partidaria y ya se sabe que con Mauricio tiene muchas diferencias”, intentan instalar desde la sede partidaria de Balcarce 412. La diferenciación, como parte de la recuperación de la identidad macrista, es una tarea entendible pero demasiado compleja. Apellido y trayectoria política no se borran con agua.
La ya prácticamente descartada candidatura de Manuel Adorni para tratar de sucederlo y terminar con la hegemonía amarilla en la ciudad de Buenos Aires, después de 19 años, le devolvió bríos al primo y reforzó sueños personales, después de meses en los que el horizonte se le había ensombrecido.
Su declive había empezado con la mala imagen propia y de su gestión, siguió con la derrota de la lista de Pro hace ya casi un año en las elecciones frente al entonces vocero presidencial, se acentuó con la forzada alianza por sumisión con La Libertad Avanza (LLA) para los comicios nacionales de octubre, y se agravó con la reapertura por orden de la Corte Supera de Justicia de la Nación de una causa en su contra por lavado de activos, vinculada con la compra de un departamento en Miami.
Ahora, paradójicamente, otro aficionado a extrañas inversiones inmobiliarias, aunque de cabotaje, le devolvió al jefe de gobierno la ilusión de ir por su reelección el año próximo con la escudería amarilla y el motor violeta, a pesar de que es público y notorio que Javier y Karina Milei cultivan por él un manifiesto desprecio.
Jorge Macri sueña con un indulto por vacancia de candidato, reforzado por la apuesta a que la hoy senadora Patricia Bullrich tenga otros proyectos que no sean lidiar con baches, desagües, semáforos, escuelas y hospitales municipales y un electorado exigente. Ilusiones de un billarista confiado en las carambolas de la vida política.
El regreso incómodo
Sin embargo, en una muestra más de la vitalidad que acaba de adquirir la dinámica política y del incentivo que encuentran los actores que hoy no integran el Gobierno, acaba de aparecerle un postulante a competir por el electorado que van del centro derecha a la derecha radical.
El exjefe de Gabinete de Milei Guillermo Francos lo hizo público anteayer después de haber encargado encuestas en las que dice haber quedado posicionado como el de mejor imagen entre los posibles postulantes violetas.
Su reingreso a la escena pública con estas intenciones no solo implica un nuevo reto para Jorge Macri y, eventualmente, para Patricia Bullrich en la capital o para Diego Santilli en la disputa por la gobernación bonaerense, ya que no descartó ninguno de los distritos.
También, es un desafío explícito a los hermanos Milei, a quienes Francos no les dio aviso ni le pidió el aval para su regreso, sino que aún tienen pendiente la charla que no se dio tras la obligada renuncia a la que se vio sometido. Y, para mayor demostración de su independencia e incomodidad de la fraternidad presidencial, se permitió deslizar críticas a Adorni por sus inexplicados y hasta ahora inexplicables gastos en viajes y el veloz incremento de su capital inmobiliario.
Este jueves, Karina Milei se encargó de reforzar la atadura al vapuleado jefe de ministros, a quien llevó a una visita a Vaca Muerta, de la que publicó dos fotos de ambos ataviados con los mamelucos de YPF que popularizó el Presidente en su cuenta en redes sociales (@mediceneljefe). El texto que acompaña las imágenes concluye con una frase que buscó no dejar margen a las interpretaciones: “Sigan operando, nosotros seguimos trabajando”.
Esa cerrada defensa en medio del impacto negativo que los escándalos de presuntos hechos de corrupción y, especialmente, el Adornigate, están teniendo para el Gobierno estimula a los opositores, que siguen afilando los utensilios. Más luego de la amenaza de una contraofensiva que anticipó el ultrakarinista presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y de la presencia que prometió Javier Milei en esa sesión prevista para el próximo miércoles 29.
Mientras se entrenan para acorralar a Adorni, los opositores más directos, que van desde el ala moderada de los excambiemitas y los peronistas federales a la más extrema del perokirchnerismo, también avanzan en conversaciones y bocetos de construcciones electorales.
Más jugadores en cancha
En ese escenario se inscribe la salida del closet de la derrota de algunos viejos y fugaces cambiemitas o peronistas no kirchneristas (léase Emilio Monzó, Nicolás Massot y Miguel Pichetto, por citar a los más conocidos), que han intensificado las visitas a oficinas, despachos, reservados y livings de toda geografía, origen y color partidario y sectorial para tratar de empezar a armar alguna coalición opositora que desde poco menos que la nada llegue en pie como alternativa electoral para el año próximo. Empresarios, banqueros, exgobernadores y gobernadores están nominados.
En cambio, el coqueteo con el gobernador bonaerense kirchnerista, Axel Kicillof, para armar una gran PASO antimileísta parece haber perdido fuerza en las últimas semanas. Los cálculos de los ingenieros electorales sobre lo que suma y resta ese vínculo no habría arrojado los números positivos que originalmente soñaron los más entusiastas. De todas maneras, las comunicaciones siguen abiertas.
La reunión sí pareció ser provechosa en cambio para Kicillof. Es parte de una amplitud partidaria (no necesariamente de ideas), inédita en su biografía política, que ha empezado a subrayar en busca de consolidarse como el candidato de algo más que el declinante kirchnerismo duro, con el que cada vez se quieren menos. Pero como no se terminan de separar y de divorcio ni hablar, el plan expansionista tiene restricciones.
Esa proliferación de actividad en la superficie se acentúa con la fluidez de las reuniones y los contactos que se está gestando por debajo de los focos públicos hasta adquirir ritmo de vértigo.
Los armadores políticos, los asesores en marketing electoral, algunos encuestadores y varios operadores de prensa tuvieron que desentumecerse de golpe, a riesgo de desgarrarse. Los llamados que cruzan entre los dirigentes, así como los que reciben los periodistas que cubren la actividad política alcanzaron en las últimas tres semanas una frecuencia propia de un año electoral. El temor a perder la ocasión y la inercia baja las prevenciones, sin mostrar temores a comerse la curva.
Los motiva, tanto como los mantiene en alerta, que el oficialismo está cada vez más obligado a cumplir con sus elevadas y urgentes promesas. La cuenta regresiva para que se hagan realidad los mejores 18 meses que anunció con su habitual arrogancia Luis Caputo ya empezó a correr. Mientras tanto, el Gobierno tropieza y la oposición se despereza.
