“Estamos bien, pero vamos mal”: el dilema del Gobierno entre la estabilidad presente y el deterioro de expectativas

La fórmula que Carlos Menem popularizó en los años noventa —“estamos mal, pero vamos bien”— parece invertirse en la actual etapa política. Según el análisis de Carlos Pagni publicado en La Nación, la gestión de Javier Milei atraviesa un momento paradojal: indicadores que permiten sostener que “estamos bien” conviven con señales crecientes de que “vamos mal”.

El oficialismo aún conserva niveles de apoyo relativamente sólidos en términos comparativos. De acuerdo con datos citados por Pagni, el Gobierno registra alrededor de 37% de aprobación, por encima de los valores que exhibían en el mismo período las gestiones de Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández y Mauricio Macri. Entre los logros que explican ese sostén aparecen la desaceleración de la inflación y cierto ordenamiento en la política social.

Sin embargo, el problema —según el enfoque del columnista— no está en la foto actual sino en la dinámica. Las encuestas muestran un deterioro sostenido en las expectativas. El relevamiento del consultor Hugo Haime, citado en el artículo, indica que la expectativa de mejora a un año cayó al 35%, diez puntos menos que en diciembre. A su vez, apenas un 16% percibe mejoras recientes, mientras que más de la mitad de los encuestados cree que la situación empeorará.

Un diagnóstico similar surge de la Universidad de San Andrés, también mencionada por Pagni: el nivel de satisfacción con la marcha general del país descendió al 33%, mientras que la desaprobación trepó al 59%. En cuanto al futuro, el 46% considera que la situación será peor dentro de un año.

Este cambio en el clima social se explicaría por la convergencia de tres factores. El primero es la desaceleración económica, especialmente visible en el consumo. El segundo es el corrimiento de las prioridades sociales hacia el empleo y el poder adquisitivo. El tercero, cada vez más relevante, es la aparición de escándalos que instalan sospechas de corrupción.

En ese marco, el caso del jefe de Gabinete Manuel Adorni adquiere una dimensión política que excede los hechos puntuales. Según el análisis de Pagni, las inconsistencias en sus explicaciones —sobre su patrimonio, propiedades no declaradas y el financiamiento de viajes— no solo generan dudas, sino que proyectan una imagen de improvisación que impacta en la credibilidad del Gobierno.

El episodio, además, se inscribe en un problema más amplio: la relación entre expectativas y gobernabilidad. En un oficialismo sin mayorías legislativas ni estructura territorial consolidada, el respaldo político depende en gran medida del humor social. Cuando las expectativas caen, advierte Pagni, los aliados circunstanciales tienden a tomar distancia.

A esto se suma otro elemento de riesgo: la creciente centralidad de las tensiones internas y los movimientos en el área judicial. El artículo sugiere que ciertos cambios en el gabinete —como la llegada de Juan Bautista Mahiques— podrían interpretarse en clave de defensa ante causas sensibles, lo que introduce un factor adicional de incertidumbre institucional.

En paralelo, el oficialismo enfrenta disputas internas, particularmente entre el entorno de Karina Milei y el asesor Santiago Caputo, que comienzan a proyectarse sobre áreas estratégicas del Estado.

El telón de fondo es un contexto económico donde el malestar social gana terreno. Según los datos citados, la preocupación por los ingresos y el empleo se consolida como principal demanda, mientras la percepción de corrupción empieza a ocupar un lugar central en la agenda pública.

A pesar de este cuadro, el Gobierno mantiene una ventaja clave: la ausencia de una alternativa política consolidada. No obstante, el análisis advierte que ese vacío podría empezar a llenarse si el deterioro de las expectativas se profundiza.

En ese punto se concentra la principal incógnita: si la administración de Milei logrará revertir la tendencia negativa o si el malestar socioeconómico terminará erosionando el capital político que todavía conserva. En palabras del diagnóstico que recorre todo el análisis, la Argentina parece haber entrado en una etapa en la que la estabilidad presente ya no alcanza para sostener la confianza en el futuro.