El Gobierno celebró el 2,6% de inflación de abril como si hubiese encontrado finalmente el punto de inflexión económico que Javier Milei prometió desde la campaña. En Olivos hubo festejos, euforia y hasta frases grandilocuentes del Presidente, según contó Clarín. Sin embargo, detrás del alivio estadístico aparece una realidad mucho más compleja: el oficialismo consiguió una desaceleración parcial de los precios, pero al costo de profundizar tensiones políticas, financieras y sociales que empiezan a poner en duda la estabilidad futura del modelo.
La baja inflacionaria existe y es relevante. Pero el propio análisis publicado por Clarín advierte que abril suele ser históricamente un mes de desaceleración estacional. Además, el Gobierno intervino artificialmente sobre variables sensibles: combustibles congelados, tarifas contenidas, dólar pisado, salarios deprimidos y tasas de interés extremadamente altas. El problema es que esas anclas pueden moderar la inflación en el corto plazo, pero también están asfixiando la actividad económica y destruyendo el consumo.
La imagen de la “manta corta” que utiliza el artículo resulta precisa. Milei logra cubrir parcialmente el frente inflacionario mientras deja al descubierto otros problemas estructurales. La economía muestra señales cada vez más evidentes de agotamiento: caída del poder adquisitivo, aumento del endeudamiento familiar, crédito impagable y una recesión persistente que no encuentra salida.
Incluso dentro del propio oficialismo empieza a reconocerse que la estrategia ultramonetaria no está funcionando como se esperaba. Milei había prometido una recuperación rápida en “V” y una inflación cercana al 1%, pero ninguna de esas proyecciones se concretó. En cuatro meses, la inflación acumulada ya superó varias estimaciones oficiales y el dato anualizado sigue siendo preocupante.
El otro frente delicado es el financiero. Según Clarín, en Wall Street crecen las dudas sobre la gobernabilidad de Milei y sobre su estabilidad política y emocional. El informe sostiene que el punto de quiebre para muchos inversores fue el ataque público del Presidente contra Paolo Rocca durante su viaje a Manhattan. Desde entonces, sectores del establishment financiero comenzaron a explorar alternativas liberales “más racionales”, entre ellas Mauricio Macri y Patricia Bullrich.
Ese dato explica buena parte de la tensión interna que atraviesa hoy al Gobierno. Karina Milei ve en Bullrich una amenaza política real, especialmente porque la ministra mantiene altos niveles de imagen y, según desliza el artículo, incluso supera al Presidente en algunos sondeos. El escándalo de Manuel Adorni agravó aún más esa disputa. En el entorno presidencial creen que Bullrich alimenta el desgaste del jefe de Gabinete, mientras ella considera “impresentable” que todavía no haya aclarado su situación patrimonial.
La interna entre Karina Milei y Santiago Caputo también revela un oficialismo fracturado por la pelea de poder. Clarín describe un escenario donde la hermana presidencial avanza sobre áreas estratégicas, incluida la SIDE, mientras Caputo resiste intentando conservar influencia. El dato más fuerte es quizás la advertencia del asesor presidencial: si desplazan a Cristian Aguadra, él también abandonaría el Gobierno.
Todo esto ocurre mientras el FMI mantiene fuertes reservas sobre la sustentabilidad económica argentina. Según la nota, en Washington creen que la meta de superávit fiscal de 1,4% prometida por Luis Caputo es difícil de cumplir y proyectan incluso un leve déficit. La aprobación de nuevos desembolsos quedó condicionada a más ajuste sobre educación, salud e infraestructura y a una aceleración de privatizaciones.
En ese contexto, el alivio por la inflación luce insuficiente para disipar las dudas de fondo. Porque los mercados pueden celebrar un dato mensual, pero observan con creciente preocupación el deterioro político del oficialismo, la feroz interna de poder y la falta de resultados concretos sobre la economía real.
Milei enfrenta así un desafío cada vez más complejo: demostrar que su modelo no depende solamente de anclas transitorias y ajuste permanente, sino que puede construir estabilidad política y crecimiento sostenible. El problema es que mientras el Gobierno festeja el 2,6%, crece la sensación de que el verdadero termómetro ya no pasa sólo por la inflación, sino por la fragilidad del poder libertario.
