Inflación: la advertencia de De Pablo que pone a prueba el relato oficial y abre dudas sobre abril

El 3,4% de inflación de marzo dejó algo más que una mala noticia estadística para la Casa Rosada: abrió una discusión sobre cuánto del actual proceso inflacionario responde a factores domésticos y cuánto empieza a explicarse por un shock externo que todavía no terminó de desplegarse.

En ese punto se detuvo Juan Carlos de Pablo, una de las voces que el Presidente escucha con atención. El economista advirtió que en el número conocido esta semana hay un elemento “ausente”: el impacto pleno de la guerra en Medio Oriente sobre la energía y, por arrastre, sobre buena parte de la estructura de costos de la economía argentina. Su mensaje fue simple, pero políticamente incómodo: marzo podría no haber mostrado aún toda la película.

La observación no es menor. Mientras el Gobierno explicó la suba del IPC por factores puntuales —educación, transporte y combustibles—, De Pablo introdujo una alerta más estructural: el eventual traslado del encarecimiento internacional del petróleo si persiste la tensión geopolítica en torno al estrecho de Ormuz, un corredor clave para el comercio mundial de crudo.

El punto central es que, si ese shock se consolida, abril podría transformarse en una prueba de estrés para el programa antiinflacionario libertario. Hasta ahora, la administración Milei venía sosteniendo que la desaceleración era cuestión de tiempo y consistencia monetaria. Sin embargo, el dato de marzo —el más alto del año y el décimo mes consecutivo sin descenso— obligó al propio Presidente a admitir que se trata de un registro “malo”.

La tensión para el oficialismo no es solo económica, sino narrativa. El presupuesto diseñado por el ministro Luis Caputo proyectaba para todo 2026 una inflación apenas superior al 10%, pero el primer trimestre ya consumió 9,4%. Eso deja al Gobierno frente a una disyuntiva incómoda: insistir en que la suba responde a factores excepcionales o reconocer que la nominalidad de la economía encontró un piso más alto que el esperado.

De Pablo, sin embargo, eligió correrse del dramatismo. Rechazó las lecturas automáticas y pidió evitar respuestas desesperadas. Traducido al lenguaje del poder: no tocar el Indec, no congelar precios, no cerrar importaciones ni modificar apresuradamente la política cambiaria. Es, en los hechos, una defensa de la hoja de ruta oficial, aunque con una advertencia severa sobre el frente externo.

El trasfondo político es evidente. Milei necesita que abril marque una desaceleración para sostener la credibilidad de su programa, sobre todo después de haber convertido la baja de la inflación en el principal activo de gestión. Si el petróleo termina filtrándose a combustibles, logística y alimentos, el argumento de que “lo peor ya pasó” podría empezar a erosionarse.

La advertencia de De Pablo, en ese contexto, funciona como una señal de alarma sin ruptura: el problema no sería tanto marzo, sino la posibilidad de que el verdadero impacto de la crisis internacional todavía no haya llegado a las góndolas.