La casta de los prestados

Hay algo más peligroso que un gobierno convencido de que tiene razón: un gobierno convencido de que nunca puede perder. Y ahí parece haberse instalado el experimento libertario, en esa extraña mezcla de euforia, soberbia y pelea permanente que transforma cualquier discusión política en un casting de enemigos públicos.

Esta semana, el presidente Javier Milei decidió explicarle al país que la periodista Débora Plager era poco menos que una cómplice del genocidio. Hace apenas unos días, también había apuntado contra Luciana Geuna, acusándola de operar contra la seguridad nacional. A este ritmo, en cualquier momento la próxima amenaza institucional será la señora que vende churros en la Costanera porque mira raro al ministro de Economía.

El problema no es solamente el tono. El problema es el cálculo político detrás del tono.

Porque mientras el Presidente se pelea con periodistas, universidades, médicos, investigadores, actores, gobernadores, discapacitados y jubilados, del otro lado hay un peronismo que no necesita hacer demasiado más que esperar sentado. Y eso debería preocupar incluso a los propios libertarios.

Hay un dato que el oficialismo parece olvidar cada mañana cuando se despierta dispuesto a incendiar Twitter: Milei ganó el ballotage con 56%, sí, pero antes había sacado apenas 30%. El otro 26% no era libertario. Era prestado. Eran votos antikirchneristas. Votos prestados por gente que no quería dinamitar el Banco Central ni vivir en un podcast permanente de furia ideológica. Querían, simplemente, sacar al kirchnerismo del poder.

Ese votante prestado es el que ahora mira desconcertado cómo el gobierno convierte cualquier crítica en traición a la patria.

Porque una cosa es bancarse el ajuste con la expectativa de estabilizar la economía y otra muy distinta es despertarse cada mañana con una nueva guerra cultural inventada desde Olivos. El ciudadano común tolera mucho más de lo que la dirigencia imagina, pero hay un límite emocional donde el cansancio reemplaza a la esperanza.

Y encima la economía todavía no arranca.

Sí, la inflación bajó respecto del descontrol terminal del gobierno de Alberto Fernández. Sí, el déficit dejó de ser un barril sin fondo. Sí, las SIRA, los delirios geopolíticos con Vladimir Putin y el festival del Estado clientelar quedaron atrás. Todo eso es cierto.

Pero también es cierto que la recuperación prometida no llega al bolsillo con la velocidad que necesita la sociedad para sostener indefinidamente el sacrificio. Y en ese contexto, salir a pelearse con la universidad pública o meter motosierra indiscriminada en salud y discapacidad es como cruzar un campo minado bailando malambo.

Después aparece una marcha multitudinaria y el gobierno actúa sorprendido, como si la sociedad hubiera reaccionado de manera irracional. No muchachos. Si le pegás a símbolos profundamente arraigados en la cultura argentina, la respuesta aparece sola.

El drama es que muchas de las reformas necesarias terminan siendo mal ejecutadas por ansiedad ideológica. Nadie discute que hay curros, cajas y estructuras parasitarias en el Estado. El problema es que para desmontarlas hace falta precisión quirúrgica y paciencia política. No alcanza con mandar una motosierra y transmitirlo por streaming como si fuera un reality show de demolición institucional.

Mientras tanto, el peronismo hace lo que mejor sabe hacer: fingir peleas internas mientras espera que el adversario se desgaste solo. Axel Kicillof, Cristina Fernández de Kirchner, Sergio Massa y compañía representan esa vieja coreografía del gato peronista: parece que se están matando, pero en realidad se están reproduciendo.

Y en el medio aparece Mauricio Macri, atrapado otra vez entre su rol institucional y su fastidio creciente con un gobierno que se alimenta del capital político que él ayudó a construir mientras simultáneamente lo humilla.

La frase del ministro Luis Caputo diciendo que “el riesgo kuka es cero” envejeció peor que un yogur olvidado en el baúl de un auto en enero. Porque diez días después terminó admitiendo que el riesgo país no baja justamente por el temor a una vuelta del kirchnerismo.

O sea: el kirchnerismo está muerto, pero los mercados le tienen miedo a un muerto. Complicado.

La política argentina tiene una particularidad fascinante: nadie termina de ganar nunca y nadie termina de desaparecer jamás. El peronismo sobrevivió a hiperinflaciones, derrotas humillantes, procesamientos, defaults, corrupción obscena y gobiernos catastróficos. Creer que va a evaporarse porque lo dicen dos traders entusiasmados en un foro financiero es no entender nada de la Argentina.

Por eso el principal enemigo del gobierno hoy no es el kirchnerismo. Es la tentación de creerse invulnerable.

Porque cuando un gobierno empieza a gobernar para su propia tribuna digital y deja de cuidar a los votantes prestados, empieza a fabricar exactamente aquello que dice combatir.

Y la Argentina tiene una larguísima tradición en eso de resucitar monstruos políticos a fuerza de errores propios.

Después nos sorprendemos cuando vuelven.