En la Argentina, el fútbol nunca fue solamente fútbol. Es un lenguaje común, una forma de interpretar el poder, los liderazgos, las victorias y las derrotas. Por eso, algunas de las mejores lecciones para la política no están en los manuales de ciencia política sino en un vestuario.
Existe una vieja enseñanza atribuida a Carlos Salvador Bilardo que conserva una vigencia sorprendente: el resultado más peligroso no es perder dos a cero, sino ganarlo. Porque quien se siente vencedor suele relajarse, mientras que quien está contra las cuerdas deja de especular y sale a jugarse todo.
La historia del fútbol está llena de remontadas imposibles. Equipos que parecían liquidados encontraron un gol, recuperaron la confianza y terminaron cambiando el destino de un partido. Del otro lado, el que se sentía cómodo comenzó a dudar. Las piernas pesan distinto cuando aparece el miedo a perder lo que parecía asegurado.
La política funciona muchas veces bajo la misma lógica.
Hoy el gobierno de Javier Milei atraviesa uno de sus mejores momentos desde que llegó a la Casa Rosada. La inflación muestra una tendencia descendente, los mercados acompañan, la oposición aparece fragmentada y las encuestas siguen otorgándole una ventaja considerable.
Es, en términos futbolísticos, un dos a cero.
Pero justamente allí reside el mayor riesgo.
Las experiencias argentinas demuestran que ningún oficialismo debería confundir una ventaja coyuntural con una victoria definitiva. La política nacional está llena de elecciones que parecían resueltas mucho antes de que se abrieran las urnas y terminaron ofreciendo desenlaces completamente distintos.
Los cambios de humor social suelen ser rápidos. Una crisis inesperada, un error no forzado, una pelea innecesaria o simplemente una acumulación de desgaste pueden modificar en pocos meses un escenario que parecía consolidado.
El peronismo conoce como pocos el oficio de sobrevivir. A lo largo de cuatro décadas atravesó derrotas históricas, divisiones internas, escándalos de corrupción y profundas crisis económicas. Sin embargo, una y otra vez logró reorganizarse cuando muchos lo daban por terminado.
Esa capacidad de resiliencia explica por qué ningún adversario inteligente debería considerarlo definitivamente fuera de combate.
Del mismo modo, tampoco la oposición no peronista está condenada a la irrelevancia permanente. En la Argentina, los ciclos políticos suelen agotarse antes de lo previsto y las mayorías cambian con una velocidad que sorprende incluso a los propios protagonistas.
Otro aspecto merece atención.
Quien administra una ventaja suele caer en una tentación frecuente: creer que toda crítica proviene de enemigos irreconciliables y que cada éxito confirma una superioridad permanente. Ese clima alimenta la soberbia, reduce la capacidad de escuchar y favorece errores evitables.
Los grandes entrenadores saben que un partido nunca termina antes del pitazo final. Por eso insisten en mantener la concentración cuando el marcador parece favorable.
En política ocurre exactamente igual.
Gobernar exige administrar el éxito con la misma prudencia que las derrotas. La confianza excesiva suele abrir espacios para que el rival encuentre la oportunidad que estaba esperando.
Quizá la mayor enseñanza del fútbol no sea cómo ganar, sino cómo seguir jugando cuando todo indica que ya se ganó.
Porque la historia argentina demuestra que ningún resultado es definitivo mientras el reloj siga corriendo.
Las elecciones legislativas de este año y, sobre todo, la carrera presidencial de 2027 serán un examen permanente para el oficialismo y para una oposición que busca reconstruirse. Ambos deberán recordar una verdad elemental: en la política, como en el fútbol, los partidos no se ganan cuando el tablero marca dos a cero, sino cuando el árbitro señala el final.
Hasta entonces, toda ventaja es apenas eso: una ventaja.
