La interna libertaria dejó de ser un ruido de fondo para convertirse en un problema político de primera magnitud dentro del Gobierno de Javier Milei. El Presidente, que hasta ahora había logrado encapsular las tensiones entre sus principales colaboradores, explotó en privado luego de que la disputa entre distintos sectores de La Libertad Avanza quedara expuesta sin filtros y comenzara a afectar la gestión cotidiana, el vínculo con aliados y la agenda pública. La sensación que atraviesa a la Casa Rosada es que la pelea cruzó límites que el propio Milei consideraba inaceptables: operaciones cruzadas, acusaciones públicas, filtraciones y dirigentes enfrentados en redes sociales mientras el Gobierno intenta sostener el control político y económico.
El detonante más visible fue la escalada entre el sector alineado con Karina Milei y el entorno de Santiago Caputo, una disputa que terminó involucrando al presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem. Las acusaciones por manejo de cuentas falsas y operaciones digitales expusieron un nivel de desorden interno que sorprendió incluso a dirigentes oficialistas acostumbrados al estilo confrontativo del mileísmo. El conflicto se ventiló abiertamente en redes sociales, territorio históricamente controlado por el oficialismo, y dejó al descubierto la falta de coordinación política entre las distintas terminales de poder del Gobierno.
En ese contexto, el caso de Manuel Adorni terminó profundizando la crisis. Las investigaciones y cuestionamientos sobre su patrimonio provocaron fuertes tensiones internas y obligaron al Presidente a intervenir personalmente para sostenerlo en el cargo. Distintos sectores del oficialismo comenzaron a reclamar explicaciones públicas y algunos dirigentes aliados sugirieron que la permanencia de Adorni se estaba convirtiendo en un costo político creciente para el Gobierno.
La postura más incómoda para la Casa Rosada fue la de Patricia Bullrich, quien tomó distancia del jefe de Gabinete y reclamó transparencia. Su actitud generó un fuerte malestar en el entorno de Karina Milei, donde interpretaron sus movimientos como una señal de autonomía política y una presión pública innecesaria en medio de la tormenta interna. En sectores libertarios comenzaron incluso a hablar de una nueva “guerra” dentro del oficialismo.
Según trascendió en distintas reconstrucciones periodísticas, Milei encabezó reuniones reservadas con tono extremadamente duro. Allí habría cuestionado el nivel de exposición de las peleas internas y el daño que provocaron sobre la imagen de un Gobierno que construyó gran parte de su legitimidad sobre la idea de orden y disciplina política. El Presidente ratificó públicamente a Adorni y dejó en claro que no piensa ceder ante presiones internas, aunque en privado reconocen que la situación deterioró el clima dentro de la administración nacional.
El problema para la Casa Rosada es que el conflicto ya no aparece solamente como una discusión de poder entre dirigentes sino como un síntoma de desorganización en la gestión. Funcionarios enfrentados, agendas paralelas y disputas por influencia comenzaron a afectar decisiones políticas y a complicar la relación con sectores aliados que hasta hace pocos meses acompañaban sin cuestionamientos al oficialismo.
En paralelo, la oposición intenta capitalizar el desgaste. En el Congreso, el oficialismo debió desplegar una estrategia defensiva para bloquear pedidos de interpelación contra Adorni y evitar que la crisis escalara institucionalmente. Aunque el Gobierno logró contener esa ofensiva parlamentaria, la discusión volvió a poner en evidencia las dificultades para administrar el frente interno mientras crece el ruido político.
La preocupación central de Milei es que la interna termine erosionando uno de los activos que todavía conserva su administración: la percepción de control. En la Casa Rosada admiten que las disputas personales, los movimientos tácticos y las operaciones cruzadas comenzaron a opacar los avances económicos que el Gobierno busca mostrar. El riesgo que observan algunos dirigentes libertarios es que la pelea interna se transforme en un problema más grave que la oposición.
