Adorni, la política del incendio y el país donde todos terminan perdiendo

La crisis que envuelve a Manuel Adorni ya dejó de ser únicamente un problema judicial o político para convertirse en un síntoma más profundo del deterioro institucional argentino. El artículo publicado por Clarín y firmado por Loris Zanatta plantea una idea central inquietante: la Argentina ha ingresado en un “juego de suma negativa”, donde todos los actores terminan perdiendo, incluso quienes creen obtener una victoria circunstancial.

La observación no es menor. Zanatta sostiene que, en “un país normal”, Adorni habría dado un paso al costado mientras avanzara la investigación judicial. No necesariamente como admisión de culpa, sino como un gesto de preservación institucional. La lógica sería simple: proteger al Gobierno y evitar que la sospecha pública contamine toda la estructura de poder. Sin embargo, la dinámica argentina parece funcionar bajo reglas diferentes, donde oficialismo y oposición convierten cada escándalo en una guerra total.

El artículo describe con crudeza un escenario degradado: kirchneristas celebrando las dificultades del mileísmo, libertarios denunciando conspiraciones, periodistas atacados desde ambos bandos y redes sociales convertidas en un “gallinero”. Más que una discusión democrática, lo que aparece es un clima de demolición permanente. Allí Zanatta introduce la teoría del politólogo Giovanni Sartori sobre los distintos tipos de competencia política: suma positiva, suma cero y suma negativa. Según el historiador, la Argentina cayó en esta última categoría: para destruir al adversario se incendia la casa común.

La comparación con Italia tampoco es casual. Zanatta recuerda el fenómeno de Silvio Berlusconi y la retórica antipolítica del “pueblo honesto contra la casta corrupta”. El paralelismo con el discurso de Javier Milei es evidente. El problema, advierte, es que toda fuerza que llega al poder denunciando privilegios termina inevitablemente convirtiéndose en una nueva élite. Entonces aparece el mismo ciclo: los moralizadores terminan moralizados, los acusadores pasan a defender garantías procesales y quienes denunciaban privilegios se aferran luego a los propios.

Ese diagnóstico cultural es quizá el aspecto más potente de la nota. Zanatta diferencia moral de moralismo. La moral implica principios universales aplicados a amigos y enemigos por igual; el moralismo, en cambio, utiliza la ética como arma política selectiva. En la Argentina, sostiene, la opinión pública dejó de funcionar como una conciencia democrática para convertirse en una “policía moralista”, donde cada sector perdona lo propio y condena únicamente lo ajeno.

El problema es que esa lógica erosiona cualquier posibilidad de construcción institucional duradera. Cuando cada crisis se convierte en un espectáculo de destrucción mutua, desaparecen los incentivos para la moderación. Nadie busca fortalecer las instituciones; todos intentan sobrevivir al próximo escándalo o capitalizarlo electoralmente. La consecuencia es una política cada vez más emocional, personalista y agresiva.

Zanatta también deja una advertencia directa hacia sectores moderados que todavía acompañan al oficialismo esperando “civilizar” al mileísmo. Según el historiador, ese espacio corre el riesgo de perder identidad propia mientras tolera excesos discursivos, personalismos y radicalización ideológica. Su idea de una “tercera Argentina” —republicana, reformista, liberal pero moderada— aparece como una alternativa hoy ausente del tablero político.

La pregunta de fondo es si el caso Adorni será apenas otro capítulo de la larga serie de escándalos argentinos o si marcará un punto de inflexión. Hasta ahora, el sistema político parece incapaz de generar mecanismos de autocorrección. Todo se reduce a la lógica tribal: defender a los propios y destruir a los otros.

Mientras tanto, la sociedad observa con creciente escepticismo. Y quizás allí resida el mayor riesgo señalado por Zanatta: no la caída de un funcionario específico, sino la lenta destrucción de la confianza pública en la democracia, la justicia y la dirigencia. Porque cuando todos juegan a que el otro pierda, tarde o temprano el país entero termina perdiendo.