Mucho antes de los lobos marinos de piedra, la postal más exótica de Mar del Plata incluía dromedarios traídos del Sahara. Un viaje en el tiempo a aquel verano de 1913, donde la aristocracia argentina convivía con el exotismo africano frente al mar.
En los albores del siglo XX, Mar del Plata era el balneario exclusivo de la élite porteña. Buscando innovar y atraer la atención de las familias que veraneaban en la rambla de madera, un visionario llamado Francisco «Paco» Medina decidió importar una atracción sin precedentes para la temporada de 1913: una caravana de camellos.
El desembarco del exotismo
«Paco» Medina, un conocido empresario de la época, trajo los animales directamente desde el norte de África. La idea era simple pero impactante: ofrecer paseos a lomo de camello por las arenas de la Playa Bristol.
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El impacto visual: Imaginar a las mujeres de la Belle Époque, con sus vestidos largos y sombreros de ala ancha, montadas sobre dromedarios frente al recién inaugurado Torreón del Monje, describe a la perfección la excentricidad de la época.
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La logística: Los camellos se guardaban en establos cercanos y se convirtieron rápidamente en la sensación de las revistas ilustradas como Caras y Caretas.
¿Por qué desaparecieron?
Aunque los paseos fueron un éxito comercial durante un par de temporadas, la atracción no perduró en el tiempo por varios factores:
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El clima: La humedad y el frío del invierno marplatense no eran el hábitat ideal para estos animales.
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La urbanización: Con la construcción de la Rambla Francesa (de material) y el crecimiento de la ciudad, el espacio para «caravanas» en la playa se fue reduciendo.
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El cambio de modas: Lo que en 1913 fue una novedad absoluta, para la década del 20 ya era visto como algo del pasado frente al auge de los primeros automóviles que empezaban a rodar por la costa.
Una huella en la memoria
Hoy, esta historia parece una leyenda urbana, pero forma parte del archivo fotográfico histórico de la ciudad. Aquellos camellos fueron, quizás, el primer intento de convertir a Mar del Plata en un centro de entretenimiento internacional, marcando el inicio de la ciudad como la «Biarritz argentina».
Dato curioso: Se dice que algunos de esos camellos terminaron sus días en antiguos zoológicos privados de estancias bonaerenses tras el cierre de la atracción en la costa.
