EL TREN QUE, COMO EL PAÍS, RETROCEDE EN LUGAR DE AVANZAR

Volver al pasado, romper el tiempo y empeorar lo que funcionaba en los tiempos augurales de la generación del 80. Un viaje de la Argentina imaginaria a a la real, donde el precipicio exhibe sus ocasos y peligros.

Miguel Wiñazki

Ideas al paso

Cuando el tren llegó a Mendoza por primera vez en 1885 Julio Argentino Roca presidió las celebraciones. Él había diseñado la política ferroviaria que esbozaba un país en desarrollo. Los silbidos de la máquina, ese caballo de hierro negro, azuzaron a los poetas que con versos metálicos y alabando al futuro abrían con sus palabras esperanzas en lo que vendría.

El chirriante silbido que se erguía desde la chimenea a velocidad humeante rompía las compuertas hacia el porvenir, y estación tras estación avanzaba, y llegaba hasta la casi vera del Aconcagua testigo gigantesco de aquellas transformaciones primordiales.

Habían habido pruebas exitosas antes, y en 1884 una formación haría en rigor su primer ingreso a la ciudad desde Buenos Aires avant la lettre, y los músicos tocaban sus trombones, las maestras movían las manos docentes para que los niños cantaran el himno, y ya se veía el progreso, y Roca llegaría después para oficializar y sellar lo que parecía sería sí, la modernidad.

En conjunción con la extensión del telégrafo Argentina se comunicaba a sí misma. Sus inmensidades eran atravesadas por los vagones nuevos, y las polvorientas carretas del pasado, cedían sus siluetas a las máquinas todopoderosas.

Pero ahora, se ha logrado una hazaña mayor. Volver al pasado, romper el tiempo y empeorar lo que funcionaba en los tiempos augurales de la generación del ‘80, retrasando los relojes, y obteniendo el asombroso récord de poner en funcionamiento un tren más demorado que aquel de Roca.

Todo se parece demasiado a la literatura. Lo escribió García Márquez: “El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo».

El tren que Alberto Fernández ahora re-inauguró entre panegíricos sin sustento a su propia gestión es la imagen paleolítica de ésta interminable temporada en la inacción, escenas morosas como sus ferrocarriles arcaicos, abismales como la inflación que sí se acelera, dramáticas como la pobreza creciente, inciertas como la Argentina 2023.

Hay un país imaginario instituido por los castillos en el aire de la dirigencia, y otro real, aquí y ahora, donde el precipicio exhibe sus ocasos y peligros. Sin embargo, el país ilusorio está asediado por la verdad del país decadente y tangible en cada bolsillo vacío.

Los fuegos de artificio abundan, y se enfatizan puniciones estratosféricas a los directivos de Edesur, es así que buitres internos aprovechan para lanzar sus garras hacia la empresa que está en venta, y si la luz no vuelve a cortarse es solo porque las temperaturas bajan y no porque alguien opere ahora con mayores eficiencias que los anteriores. Jorge Ferraresi, el interventor, cercanísimo a la vicepresidente, promete inversiones, porque prometer es gratis.

Las pendencias internas se agravan. Anibal Fernández versus Axel Kicillof ya se acusan en público, sobre un tema sangrante: la inseguridad.

Alberto Fernández y Sergio Massa ya no pueden disimular, (aunque de algún modo intentaron disimular sus choques y mutuas impugnaciones). Como se sabe Alberto Fernández y Cristina Fernández no pueden ni verse. Y aquí surge una raíz , una anti idea de lo que implica gestionar. La “anti idea” es la sustitución de cualquier proyecto viable por la confrontación perpetua entre los insólitos aliados, que se alían para pelearse y no resolver así ningún problema.

Este viernes fue el día de la Memoria, perpetuamente en vías de apropiación por el Kirchnerismo. Esa deformación deshace el pasado, y también al presente y al futuro.

Es un caleidoscopio enloquecido. Una burocracia empinada en sus alucinaciones. El tren presente es mas antiguo que el de los orígenes del ferrocarril, es como el desamor de un gran censor.

La distorsión de la memoria es un ejercicio de censura sobre lo ocurrido. Es el oficio del que recortaba los celuloides de las películas de otrora, para armar un filme trastocado a su medida.

Entonces, sobre la falsedad es muy difícil construir, sino imposible.

Predominan las ficciones de los censores camuflados de liberadores. Son los dueños de las deformaciones repetidas.

El tren atrasa. Nos lleva a Macondo.

Y Macondo es la nada misma. Es desde luego la belleza de una gran ficción que transportada a la realidad sólo nos inunda de soledad.

 

Fuente: Clarin

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