Entre el dogma y el poder: las tensiones de un rumbo cada vez más rígido

La columna de Jorge Fernández Díaz plantea una crítica de fondo al rumbo político y discursivo del gobierno de Javier Milei, al que describe como derivando hacia un “dogmatismo tóxico” que tensiona principios básicos del liberalismo democrático.

El punto de partida del análisis es una advertencia del escritor Mario Vargas Llosa, quien cuestionaba las versiones extremas del liberalismo económico. Según esa mirada, recuerda la columna, reducir todos los problemas sociales al mercado implica una deformación doctrinaria que puede derivar en autoritarismo. La referencia no es casual: funciona como contraste frente a un oficialismo que, según Fernández Díaz, absolutiza su modelo y desestima cualquier objeción.

En ese marco, el autor identifica un deterioro en el estilo de liderazgo presidencial. Señala una “bestialización del lenguaje” y una escalada de agresividad contra críticos, con especial énfasis en el periodismo. Cita datos del foro de periodismo argentino que contabilizan decenas de intervenciones diarias con tono insultante, y menciona episodios recientes donde el Presidente calificó de “chorros” y “corruptos” a periodistas. A esto suma la presentación de múltiples denuncias judiciales contra comunicadores, interpretadas como un intento de disciplinamiento.

La crítica no se limita a las formas, sino que se extiende al enfoque político. Fernández Díaz cuestiona la idea —que atribuye a sectores del oficialismo— de que un liderazgo fuerte y sin restricciones institucionales sería más eficaz para implementar reformas. En línea con la tradición liberal que reivindica, advierte que los “frenos” institucionales no son obstáculos sino garantías frente al abuso de poder.

Otro eje central es la desconexión entre el discurso oficial y la experiencia social. El artículo cuestiona lo que define como una minimización del impacto del ajuste económico, sintetizada en expresiones como “efectos colaterales” o en la idea de que quienes no se adaptan “quiebran”. Para el autor, esta narrativa desconoce el costo social del programa y genera un creciente malestar, reflejado en encuestas negativas y en una percepción extendida de deterioro.

En ese sentido, establece un paralelismo con etapas previas de la política argentina en las que, según su interpretación, el poder negó problemas evidentes para la ciudadanía. Advierte que la “negación del dolor” no solo no resuelve la crisis, sino que la profundiza al erosionar la confianza pública.

La columna también señala inconsistencias en el relato económico oficial. Menciona, por ejemplo, el cambio de posición del ministro Luis Caputo respecto al llamado “riesgo kuka”, utilizado previamente como explicación para la falta de confianza de los mercados. Para Fernández Díaz, este tipo de argumentos debilita la credibilidad del Gobierno, tanto hacia adentro como hacia los inversores.

En definitiva, el texto plantea que el oficialismo se aleja de un liberalismo “sensato” —asociado a figuras como Adam Smith o Friedrich Hayek— para adoptar una versión rígida, confrontativa y poco permeable a la crítica. Ese giro, advierte el autor, no solo afecta la calidad del debate público, sino que puede comprometer la sostenibilidad política del propio proyecto.

La conclusión es clara: el desafío del Gobierno no es solo económico, sino también institucional y cultural. Persistir en una lógica de confrontación permanente y en una lectura dogmática de la realidad podría agravar las tensiones existentes y limitar su capacidad de construir consensos en un contexto ya de por sí complejo.