Milei, Adorni y el Gobierno atrapado en una lógica de trinchera

La crisis política que atraviesa el Gobierno ya dejó de girar únicamente alrededor de la situación judicial de Manuel Adorni. El problema de fondo parece ser otro: el modo en que Javier Milei administra el poder, procesa las críticas y transforma cualquier cuestionamiento interno o externo en una batalla personal.

El extenso retrato publicado por Clarín, firmado por Marcelo Bonelli, muestra a un Presidente encerrado en una lógica defensiva, rodeado de sospechas, internas palaciegas y teorías conspirativas, mientras la economía comienza a sentir el desgaste político.

La frase atribuida a Milei en reuniones reservadas con ministros es reveladora: “Antes de que se vaya Manuel, se van a tener que ir todos los ministros”. No se trata sólo de respaldo político. Es una definición identitaria. Para el Presidente, la caída de Adorni equivaldría a aceptar una derrota personal y abrir la puerta a una ofensiva más amplia contra su círculo íntimo, especialmente contra Karina Milei.

Según reconstruyó Bonelli, el mandatario repite en privado que detrás del caso hay un “complot” y operaciones destinadas a erosionar a “los hermanos”. La lógica de la conspiración ya no aparece como un recurso discursivo ocasional sino como una forma permanente de interpretar la realidad política.

Ese mecanismo tiene consecuencias. Cuando un gobierno deja de distinguir entre críticas, investigaciones judiciales y conspiraciones destituyentes, el margen para la autocrítica desaparece. Todo se reduce a lealtad o traición.

El problema es que esa dinámica empieza a perforar el propio núcleo del oficialismo. El artículo describe tensiones abiertas entre Karina Milei, Santiago Caputo, Patricia Bullrich, Guillermo Francos y Luis “Toto” Caputo. Todos orbitan alrededor del mismo interrogante: cuánto daño político y económico genera la continuidad de Adorni en el centro de la escena.

La posición del ministro de Economía es particularmente significativa. Según Clarín, Caputo sostiene desde hace semanas que la crisis política está afectando la gobernabilidad y golpeando la credibilidad del programa económico. No es un detalle menor. El modelo libertario depende casi exclusivamente de expectativas, confianza y estabilidad política. Cuando esa confianza se deteriora, la fragilidad financiera reaparece rápidamente.

Del otro lado, el karinismo responde con otra interpretación: que el problema real es la economía y que, si los indicadores mejoraran, el caso Adorni tendría mucho menos impacto público. La discusión expone una fractura central dentro del Gobierno: nadie parece tener claro ya si la política está dañando a la economía o si el deterioro económico profundiza la crisis política.

La nota también deja entrever otro rasgo delicado del oficialismo: el creciente personalismo. Milei no defiende a Adorni solamente por convicción jurídica o política. Lo protege porque siente que atacarlo a él es atacarlo personalmente. “Yo no voy a entregar a Manuel a la prensa”, habría dicho. Esa identificación absoluta entre funcionario, proyecto político y liderazgo presidencial dificulta cualquier mecanismo racional de administración de crisis.

Mientras tanto, la situación judicial avanza. El fiscal Gerardo Pollicita y el juez Ariel Lijo acumulan testimonios, documentación y peritajes. El relato del contratista Matías Tabar —incluidos los chats revelados esta semana— elevó la presión sobre la Casa Rosada y volvió más incómodo el costo político de sostener al jefe de Gabinete.

Pero acaso el dato más preocupante no sea la causa judicial sino el clima interno que describe Bonelli: ministros desconfiando entre sí, operaciones cruzadas, funcionarios midiendo candidaturas y un Presidente cada vez más aislado en un esquema emocional de amigos y enemigos.

En ese contexto, el Gobierno corre el riesgo de quedar atrapado en una paradoja peligrosa. Milei llegó al poder prometiendo dinamitar el sistema político tradicional, pero empieza a reproducir algunos de sus peores reflejos: personalismo extremo, disputas cortesanas, paranoia política y dificultades para procesar límites institucionales.

La economía todavía funciona como sostén parcial del oficialismo. Pero incluso allí aparecen señales de fatiga: actividad estancada, empresarios inquietos y tensiones crecientes sobre el rumbo monetario y cambiario. La advertencia de Domingo Cavallo contra Luis Caputo, también citada por Clarín, refleja que el debate sobre la sustentabilidad económica ya salió del círculo opositor y empezó a instalarse en sectores históricamente cercanos al ajuste libertario.

El problema para Milei es que ninguna narrativa conspirativa alcanza para estabilizar expectativas si la política transmite fragilidad. Y en los mercados, como en el poder, la percepción suele pesar tanto como los hechos.