Ousmane Ndong, de Senegal a Lanús: el llanto por Messi, la inseguridad, el racismo y una anécdota imperdible

Ousmane Ndong, una de las caras nuevas en el Lanús de Zubeldía

No sabía ni una palabra de español. Habla francés y («un poquito») inglés. Nunca leyó un libro y no necesitó estudiar con un profesor. «Si uno no sabe, hay que preguntar. Soy curioso, me gusta preguntar», asume, como si fuera una bofetada a la pedagogía. En un puñado de meses se convirtió en un argentino por adopción. Escucha y repite: viejo, chabón, ponele, posta, buena onda. Una suerte de lunfardo moderno. Ousmane Ndong tiene 21 años, mide 1,92m, es un zaguero bravío de Lanús, capitán de la reserva campeona y uno de los preferidos de Luis Zubeldía. Técnica, cabeza levantada, despliegue, potencia física y un decente juego aéreo. Sin embargo, todo eso es lo de menos.

Lo que atrapa es su historia: nació en Senegal, más precisamente en Dakar, aunque la pasión por las desventuras de la velocidad no le interesan. Desde pequeño, ama a la Argentina. Y hasta derramó un par de lágrimas por Leo Messi. «Lo único que conocía de la Argentina era el fútbol. No conocía ni el asado. Siempre veía los partidos de la selección en la Copa América o el Mundial. Yo me sentía un argentino en Senegal, posta. El día que la Argentina quedó eliminada en los Estados Unidos y Messi lloraba, yo no cené en mi casa. No se lo dije a nadie, pero me puse a llorar también. Estaba mal, como si fuera argentino, por el amor que le tengo a Messi», cuenta el joven que aprende todo rápido. No solo a leer; también, a escribir: acaba de rubricar su primer contrato profesional.

Pisó Ezeiza en marzo de 2018. Jugaba en Angelo Africa, un centro de formación en Senegal y de un día para el otro le preguntaron si quería jugar en la Argentina. «Y dije que sí», cuenta.

-¿Así, de repente? De Dakar a Buenos Aires.

-Me daba mucha curiosidad cómo es el fútbol sudamericano. Soy hincha de Messi y al toque les dije: «Dale, vamos».

Hacía una semana que vivía en nuestro país. No conocía a nadie, lo eclipsaban las luces de Buenos Aires. Iba en el auto con Cristian Ferreira, el volante de River, un «hermano de la vida», con quien compartió la casa durante los primeros tiempos, una relación motivada por Marcelo Simonian, el representante. River le acababa de ganar a Boca la finalísima de Mendoza. Los gobernaban las burbujas de la alegría, cuando Cristian le sugiere que bajara la ventanilla y que les gritara a un grupo de mujeres que andaban por allí: «Hola chicas, yo soy el Negro de Whats App». Esa fue la pícara consigna.

«Yo no entendía nada, repetí lo que me dijo y las chicas se mataron de la risa. Con el tiempo, me di cuenta de qué quería decir y me quería esconder», se ríe, a la distancia.

Extraña la compañía del hábil jugador millonario, con quien vivió durante un año y medio. Ahora está solo en un departamento de Villa Urquiza. Extraña, también, a los amigos, a su «viejo», a sus hermanos y algunos platos, como el pescado con arroz, pero con los aromas y la preparación de su tierra. En diciembre pasado fue la última vez que se encontró con sus afectos del otro continente. Es un chico en un mundo nuevo. A veces, pierde la brújula en el campo de juego porque las emociones de la nostalgia les juegan una mala pasada. No se trata de distracciones tácticas: su otra vida quedó demasiado lejos, demasiado atrás.

Nicolás Otamendi es su espejo, pero el ídolo es Sergio Ramos. El problema es que no le agrada Real Madrid: prefiere a Barcelona, por Messi. «Fue una lucha de pasiones», se refiere al clásico mundial, el triunfazo del Madrid con una definición de Modric a lo Pele. De pequeño sueña con jugar en la primera del fútbol argentino: la Copa Sudamericana y la Copa Liga Profesional ya están a la vuelta de la esquina. «Acá se juega un fútbol más táctico; te comen, te pegan, al principio me costaba marcar», reconoce. Era volante central, ahora es zaguero, según la visión del ojo clínico de Rodrigo Acosta, técnico de la Reserva y hermano de Laucha, el ídolo de la Fortaleza.

Es amigo de Sadio Mané, el crack mundial. Solían reunirse en su casa, cuando el delantero de Liverpool ni aspiraba en ser famoso y tiraba gambetas en Generation Foot. Ousmane es conocido de uno de sus primos. «Es un personaje, no le importa el lujo, no le importa nada. Le gusta estar con su familia y sus amigos. Le gusta charlar, cagarse de risa. No le gusta la cerveza ni la joda ni siquiera ir a bailar. Él sabe que yo estoy acá, incluso en mi país hablan todos los días de mí en los medios. En Senegal hablan de Lanús», se sorprende.

A veces, la mirada de los otros devuelve pelotazos en el rostro. Miserias de una sociedad global que descarta al diferente. En Instagram recibe mensajes «muy lindos» y de los otros, «demasiado racistas». Sin embargo, no pierde tiempo en las bajezas. «Mis compañeros me dicen negro. Me llaman así de buena onda, pero hay gente que es muy agresiva. Hay racismo en todos lados, no sólo acá. Hay gente que te mira mal, pero a mí no me importa, no le doy bola. Son cosas que pasan en todo el mundo y no me voy a pelear con todo el mundo», reflexiona.

Hay algo que Ousmane Ndong no puede permitir. Es una pesadilla, que se entromete con los sueños de futbolista de un senegalés suelto en Lanús. «Lo que más me molesta de la Argentina es la inseguridad. Hay mucha violencia, muchos robos. No me gusta para nada vivir con miedo, mirando a tu alrededor. Y la violencia de género me pone muy mal», describe, en el único momento que su sonrisa se escapa de la pantalla.

-¿Ya te pasó?

-Sí, me robaron, me apuntaron con un arma y se llevaron mi celular, mi billetera, todo. Fue hace un año, era invierno, no había nadie en la calle. En mi país se roba, pero no van a matar o apuñalar a una persona. Es muy raro que pase algo así. Hay que tener cuidado todos los días. Hay que mirar bien dónde vas y con quién estás.

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