Columna de opinión publicada originalmente en La Nación
Las principales rutas de Jujuy siguen cortadas por grupos de piqueteros, la mayoría de ellos identificados políticamente con el kirchnerismo. En la mañana de este martes, un grupo de manifestantes estuvo a punto de tomar, con la intención de incendiar, la Legislatura de la provincia. La protesta es por la reforma constitucional y, más precisamente, por sus artículos 50, referido a los derechos y garantías de los pueblos indígenas, y el 36, cuya ampliación actualizaba el derecho a la propiedad privada. La reforma de esos artículos fue anulada por el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, como una forma de tender un puente con los revoltosos. No hubo caso. El vandalismo continuó y hasta se agravó. Ambos artículos tendrán ahora la misma redacción de 1986, que, extrañamente, en el caso del de los pueblos aborígenes es menos amplio y más superficial que el que se suprimió. La reforma constitucional de Jujuy fue aprobada por un acuerdo de la coalición gobernante en la provincia (que lidera Gerardo Morales, presidente a su vez del comité nacional del radicalismo) y el peronismo local. Solo la izquierda quedó fuera del acuerdo. El gobernador Morales, debe reconocerse, promovió el acuerdo con el peronismo a pesar de que tenía los votos necesarios en la Asamblea Constituyente como para aprobar con su propia fuerza política la reforma a la Constitución local. El mandatario provincial, que es también precandidato presidencial de Juntos por el Cambio, ordenó la represión con balas de gomas y gases lacrimógenos cuando los manifestantes amenazaban con destruir la sede de la Legislatura provincial; de hecho, algunos manifestantes que lograron entrar al recinto parlamentario comenzaron a prender fuego. Los desmanes se trasladaron luego a la calle, donde los revoltosos incendiaron y destruyeron varios automóviles particulares. En ese contexto, el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, redactó documento donde repudia solo la violencia de gobierno de Jujuy. Parece una sátira de ellos mismos, pero la gravedad consiste en que no es una sátira. Sucede lo mismo con la CGT, que también escribió un documento en el que habla solo de la violencia de la represión, no de los hechos que promovieron la reacción del Estado provincial.
Morales mantuvo en el nuevo texto de la Constitución la prohibición de cortar las rutas provinciales. Esa disposición es ahora el centro de las violentas protestas. Fue considerada por el kirchnerismo y la izquierda como un menoscabo del derecho a la protesta. Sin embargo, ese artículo de la nueva Constitución jujeña está respaldado por la Constitucional nacional, que garantiza la libre circulación de los argentinos, y por el artículo 194 del Código Penal, que sanciona a cualquiera que estorbe o impida el “transporte por tierra, aire o mar”. Morales ganó ampliamente las elecciones del primer domingo de mayo pasado, hace menos de un mes y medio, en las que se impuso como gobernador un candidato que proviene también del radicalismo jujeño, Carlos Sadir, impulsado por el mandatario saliente, de quien fue ministro de Hacienda. No obstante, pocas semanas después el kirchnerismo y la izquierda (siempre funcional a los seguidores de Cristina Kirchner) montaron un espectáculo de violencia descontrolada en Jujuy por una diferencia política insustancial.
Resalta también la diferencia de trato que el gobierno nacional de Alberto Fernández y Cristina Kirchner le aplica a Jujuy en comparación con el Chaco, donde hay una mujer desaparecida desde hace 20 días y supuestamente asesinada por el clan Sena, estrechamente vinculado al gobernador kirchnerista de esa provincia, Jorge Capitanich. Emerenciano Sena, el patriarca de esa poderosa familia y el remedo chaqueño de la jujeña Milagro Sala, se hizo rico e influyente durante el largo liderazgo provincial de Capitanich. Cristina Kirchner ya lo criticó públicamente a Gerardo Morales, porque ordenó reprimir antes de que los vándalos tomaran y destruyeran la Legislatura jujeña, pero nunca se pronunció sobre la desaparición y casi segura muerte de Cecilia Strzyzowski, esposa de un hijo de Sena, con el que habría tenido diferencias económicas. Alberto Fernández lo mandó a Jujuy al secretario nacional de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla, o este fue por su cuenta -quién lo sabe-, para denunciar la supuesta violación de los derechos humanos por parte de Gerardo Morales. Nadie fue a Chaco. Solo la vocera presidencial, Gabriela Cerruti, dijo que el Presidente habló con Capitanich para ofrecerle ayuda del gobierno nacional. Alberto Fernández también calló hasta ahora sobre la desaparición de Cecilia Strzyzowski. Pietragalla explicó que las “cuestiones de género” estaban fuera de su área desde que se creó el Ministerio de la Mujer. Lo que sucedió en Chaco con Cecilia Strzyzowski no es una cuestión de género; es, al parecer, un homicidio hecho y derecho, presuntamente perpetrado por un socio político y económico del Estado, que es lo que es Emerenciano Sena. Fue una clara violación de los derechos humanos, que se agrava porque la víctima es (¿o era?) una mujer indefensa.
Tanta hipocresía explica, a su vez, la indiferencia social y la impotencia de la dirigencia política en las vísperas de elecciones presidenciales. Por primera vez en 40 años de democracia, el país se acerca a comicios cruciales para elegir a un presidente de la Nación sin que la sociedad conozca, a cuatro días de que venza el plazo para inscribir candidatos, una sola fórmula presidencial integrada con el precandidato a vicepresidente. Peor: nadie sabe todavía quién será el candidato presidencial de Cristina Kirchner (¿Massa? ¿Wado de Pedro? ¿Axel Kicillof?) ni muchos menos quién será el candidato vicepresidencial. Presuntamente se conocerán este miércoles esos nombres, si es que se conocen. En Juntos por el Cambio, ni Patricia Bullrich ni Horacio Rodríguez Larreta ni Gerardo Morales ni Facundo Manes ni Miguel Ángel Pichetto ni Elisa Carrio, todos ellos precandidatos presidenciales, anunciaron quiénes serán sus candidatos a vicepresidente. Tampoco se conocen los nombres de las cabezas de listas a senadores y diputados nacionales en los principales distritos del país, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. El peligroso ausentismo o anulación del voto que se viene observando en las elecciones provinciales tiene su razón de ser en la indolencia de la propia dirigencia política.

1 Trackback / Pingback