Hugo Alconada Mon
Salís a la calle a celebrar y a descargar tensiones. Parece que Argentina solo sabe ganar si antes sufre, y mucho. Pero seguimos vivos y en la final.
Llegás a la esquina y te sumás a la marea de personas que fluye hacia el punto de reunión histórico de la ciudad. Acá, en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, ese lugar es el cruce de las calles 7 y 50, como el Obelisco en Buenos Aires o la Cibeles para Madrid.
La dueña del almacén, la China, filma con su teléfono desde el primer piso, con su nene al lado, que saluda feliz. Una señora de casi ochenta años bajó a la vereda y saluda, cual reina de desfile. En la otra cuadra, justo antes de llegar a Plaza Italia, el muchacho que vende medialunas aplaude desde el mostrador.
Cruzás la calle por donde no hay senda peatonal y el conductor de una Kangoo se detiene, abre la puerta y obliga a detenerse a los vehículos que vienen detrás. Se suma a los festejos, con los peatones que lo abrazan, saltan y celebran. Giran en redondo, ajenos a los semáforos.
Esto es Argentina. No es toda la Argentina, pero es mucha. Y durante unas horas desaparecen esas fronteras invisibles que separan a unos de otros.
“El que no salta es un inglés”, es la canción de la noche.
Con la plaza ya a tus espaldas, llegás a 7 y 45, donde los empleados de una estación de servicio Shell giran en círculos, abrazados entre ellos y con los chicos y chicas que se suman.
Avanzan adolescentes, parejas con bebés en brazos, adultos y ancianos, mezclados y exultantes, con camisetas albicelestes, banderas argentinas, trompetas y ansias locas de sumarse a una fiesta colectiva. Costó ganarle a Inglaterra, como antes padecimos con Suiza, Egipto y ni hablar con Cabo Verde.
Los locales de la avenida 7 siguen iluminados, con sus puertas abiertas de par en par, pero nadie aprovecha para manotear mercadería.
Hay algo todavía más llamativo que los cánticos. Durante unas horas, la desconfianza que suele gobernar la vida argentina entra en pausa. Desconocidos se abrazan como si se conocieran desde siempre. No desaparecen los problemas del país; simplemente quedan suspendidos por una noche, por una buena razón.
Motos con sus caños de escape abiertos se unen a los bombos, los cánticos, las cornetas, las cañitas voladoras, los silbatos y las bombas de estruendo. Buzos, banderas y camisetas con imágenes de las Islas Malvinas. Policías y agentes de Control Urbano sonríen.
Un muchacho ondea la bandera sobre el techo del cine de 7 y 50, la esquina icónica de la ciudad. Otro se sienta sobre un cartel de tránsito. Y varios se trepan a los árboles.
Profesionales de apellidos tradicionales saltan junto a pibes de barrios humildes. Nadie repara en esas diferencias. Un grupo de muchachos fuma marihuana al lado de chicas de colegios privados que se sacan selfies para subir a Instagram.
“Muchachos”, cantan todos, “ahora nos volvimos a ilusionar”. Sobrevuelan los drones y la espuma cubre a la multitud, en un carnaval improvisado, con mucho de criollo y poco de carioca. “Y al Diego”, sigue la canción, que alude al genio que no puede faltar, Diego Armando Maradona, que “en el cielo lo podemos ver”, junto a sus padres, don Diego y la Tota, “alentándolo a Lionel”.
Hay otra canción, cuya letra puede el lector buscar en Google, que habla sobre “la argentinidad al palo”. Esto somos. No solo esto, claro, pero incluye esto. Una sociedad capaz de discutirlo todo, de dividirse por casi cualquier cosa, pero que encuentra en el fútbol uno de los pocos lenguajes compartidos. Esto explica, en parte, por qué somos como somos. Por qué tantos chicos y chicas quieren ser futbolistas. Porque pueden salvarse y salvar a sus familias, pero también encarnar un sueño colectivo.
Y así es como podés presenciar, como algo perfectamente normal, una camioneta 4×4 que cuesta una fortuna que se detiene junto a un changarín que arrastra el carro al que subió a su mujer, a sus hijos y a otros pibes, todos con sus camisetas. Uno toca bocina; el otro aplaude.
Porque en un país golpeado, que arrastra décadas de crisis, traspiés, frustraciones y, como decimos en Argentina, “malaria”, esa mezcla de escasez y mala racha, el fútbol nos ofrece una oportunidad para sonreír.
Mañana volverán las discusiones políticas, las cuentas del mes que no cierran y las preocupaciones de siempre. Pero, durante unas horas, la Argentina vuelve a sentirse una sola. Y eso, en un país acostumbrado a las fracturas, es una victoria que va mucho más allá del fútbol.
Y al volver a casa, una mujer que viene de superar un cáncer lo sintetiza perfecto:
—Todo esto está bueno… porque vivimos alegría.
